En este tiempo hacemos énfasis en ciertos puntos, uno de ellos es la oración. Aquella oración que elevamos a Dios en ciertos momentos de nuestra vida y probablemente lo hacemos más en tiempo de crisis.

También tenemos tiempo para agradecer y alabar a Dios por las maravillas que ha creado, empezando por nuestra vida. Es muy bueno orar, ya que al hacerlo somos conscientes que Dios tiene presente nuestra vida y también es importante para Él.

Hoy no quiero detenerme en cómo debes orar, sino más bien cómo estás proyectando esa oración hacia los demás. De nada sirve orar por tu familia, si tú no eres esa acción de Dios para ellos. Encuentro personas que piden por su matrimonio, pero olvidan que la respuesta a esa oración son ellos mismos, ya que Dios no es quien va a estar hablando por ellos o comprendiendo a su espos@.

La oración implica que tu vida sea una manifestación constante del amor de Dios. Recuerda que la alegría debe ser tu carta de presentación en cada instante de tus días; no basta ser amable sólo con quienes la etiqueta o el compromiso te obligan, sino ser ese testimonio de amor y alegría a toda persona de tu alrededor, inclusive a quienes buscan incomodar tu vida.

Si somos realistas, la primera finalidad de la oración es transformar al orante. Quiere decir que si cada vez que haces una oración sales igual, o sigues siendo igual a pesar de todos los años, meses o días que lleves en oración; tu oración será linda, pero no efectiva. La efectividad de tu oración no se va a medir si obtienes o no lo estás pidiendo, sino más bien, cómo tu vida es diferente y mejor desde que empezaste a orar. Oración y coherencia son como una moneda de dos caras, no sirve tener sólo una. Que tu vida sea la respuesta a la plegaria que le haces a Dios.