Oh benignísimo Señor Jesucristo, se por experiencia y lo reconozco ante Tí que eres rico sin medida, que en este mundo nada hay más fatigante que estar afectado por los deseos terrenales porque el amor de las cosas terrenas es insaciable y atormenta mucho más por el deseo, que satisface por el uso. La adquisición de tales bienes es altamente extenuante, la posesión trae temores, y la pérdida acarrea dolor. Quien ama las riquezas terrenales no puede amarte a Tí oh Señor, y cae en la perdición cuando ellas desaparecen. Quien se apoya en ellas por amor, cae en la tristeza cuando pierde su sostén. Quien las encuentra pierde la paz. Durante la vigilia busca aumentarlas, cuando duerme sueña en ladrones; durante el día está afligido y en la noche temeroso. Siempre está vigilante.

Oh clementísimo Señor Jesucristo, cuyo amor no engaña. Veo plenamente que hay engaño en el oro y el dinero, hay temores en el huerto porque quien busca el dinero se ciega, aquel que desea huertos se lastima, si por la mañana busca ganancias, por la tarde encuentra pérdidas.

Oh misericordiosísimo Señor, Jesucristo que sólo eres quien debe ser amado, yo, nefando pecador, escribo estas cosas y sé con toda verdad que son ciertas, pero es tal mi malicia y tales mi ingratitud y mi soberbia, que desprecio lo que te agrada e inclino mi corazón hacia las riquezas perecederas del mundo. Para poseerlas trabajo y me ingenio de todas maneras.

Oh piadosísimo Señor dígnate ayudarme, dígnate borrar por tu misericordia todos mis pecados. Aparta mi mente de deseos terrenales, elévala al deseo de los bienes divinos que consisten sólo en tu amor y lo alcance con tu auxilio, te ame perpetuamente y goce de tu amor por los siglos de los siglos. Amén.