Siempre me he preguntado por qué los evangelios de Lucas y Mateo dedican tanto espacio a la narración del nacimiento de Jesús. ¿Será acaso para que lo ignoremos y la pasemos por alto? No, ciertamente, aunque frecuentemente lo hacemos. En realidad, la cristiandad ha dedicado, desde tiempos antiguos, a estas páginas la más acendrada y piadosa atención, pues hizo de la fiesta de la Navidad la fiesta más alegre, importante y popular del año, la fiesta en la que se invierte tradicionalmente más tiempo y energía, la fiesta de la familia por excelencia. Y los hechos descritos en estas paginas son posiblemente los que más han plasmado los pintores clásicos del pasado.

Pero el mundo ha invadido la Navidad con su afán de lucro, se ha apoderado de esta fiesta, haciendo que la costumbre antigua de compartir muestras de afecto se convirtiera, deformándola, en el hábito de intercambiar regalos que se adquieren con dinero. Y esta actividad: comprar para regalar, pareciera que se ha convertido en el principal motivo de la Navidad, como lo atestigua la agitación que reina en nuestras calles y centros comerciales. El afán por comprar absorbe todo nuestro tiempo y nos impide ponerlo en Aquel que vino a la tierra y se hizo como uno de nosotros para salvarnos. ¡Cuánto hemos perdido en consecuencia!

Pero vayamos al texto de los evangelios para descubrir algunas cosas que descuidamos. Un hecho que me llama mucho la atención, y que no deja de ser singular, es el que la vida de Jesús desde su nacimiento estuviera vinculada a la fatiga, al esfuerzo, a la angustia, esto es, al dolor, y al sufrimiento.

Pensemos en José buscando un lugar donde su esposa pudiera pasar la noche cuando llegaron a Belén, después de un penoso viaje a pie, o quizá en burro trayendo sus cositas. María estaba encinta, próxima a dar a luz. No podía quedarse a la intemperie a pasar la noche. Pero no los recibieron en el mesón porque no había sitio para ellos.

¿A dónde ir ahora? Seguro que María estaba cansada por el largo viaje y el peso de su vientre. Necesitaba reposar. Posiblemente tendría también frío. Ella debe haberse dicho: Si el parto viniera ahora, ¿cómo voy a abrigar a mi pequeñuelo sin más techo que el cielo?

José debe haberle dicho cosas como éstas al dueño del mesón para que los admitiera, pero no lo conmovieron. Ahora, no vayan a creer que la posada de que habla el evangelio era como una de esas pensiones modernas con cuartos individuales. Posiblemente era un recinto amplio que servía como pascana donde pernoctaban las caravanas de comerciantes con sus camellos, como las que se veían en el Cercano Oriente hasta unos 100 años. Un patio grande rodeado de arquerías cubiertas por un rústico techo. Los animales permanecían en el patio mientras los viajeros se cobijaban bajo la galería techada.

Es posible que, viendo el desconcierto y la angustia de José, alguien del mesón le dijera: En las colinas de las afueras hay algunas cuevas en las que los pastores se refugian por la noche. Vayan a ver si hay una que esté vacía.

Quizá hubo un pastorcillo que les indicó el camino: Vean, aquí hay una cueva grande, donde no penetra el viento; la respiración caliente de unos pocos animales les ayudará a defenderse del frío.

La tradición representa a la Virgen y al niño en el pesebre rodeados de una vaca y de un burro. ¿Sabían ustedes que ni Mateo ni Lucas nos hablan de una vaca o un burro junto a Jesús? Lo mas cercano a ellos es la pesebrera en que fue acostado el niño. Esa imagen viene de los evangelios apócrifos. Pero no es fantasiosa, sino muy realista pues está basada en el conocimiento de los usos y costumbres de los pastores de la zona. En esa época, aun en sus casas, la gente del pueblo dormía junto con sus animales, como todavía ocurre con frecuencia en algunas aldeas rurales. Las cuevas de los cerros eran habitación común de los pobres, como lo son aún en estos tiempos.

Isabel le había dicho a María: Bienaventurada tú que has creído porque se cumplirá lo que el Señor te ha dicho (Lc 1,45). María había creído en algo humanamente imposible: concebir un hijo sin intervención de varón. ¿Cómo no tendría ella fe en ese momento para creer que Dios no la abandonaría? Ella, que se había abandonado enteramente en las manos de Dios cuando dijo: "Hágase en mí según tu palabra" (Lc 1,38), ¿podría dudar de que Dios vendría en su ayuda, aunque el mundo les diera la espalda?

Ella sabía quién era el Padre de esa criatura que se movía en sus entrañas. Su Padre era el Dios omnipotente, el Dios de cielos y tierra. Siendo el dueño de todo, ¿no proveería Él lo necesario para que pudiera tener a su Hijo en un lugar seguro?

Al ingresar a la cueva donde la llevó José ella debe haberse dicho: ¡Cuánto mejor es dar a luz aquí, en este lugar, solos y lejos de las miradas curiosas, que en medio de la turba bulliciosa del mesón! Era Dios quien había hecho que no hubiera sitio para ellos en la posada. ¡Cómo debe haber crecido su confianza en Dios en ese momento y la seguridad de que Él tomaría en sus manos el alumbramiento!

Una tradición antigua sostiene que el parto se produjo sin dolor. El texto de Lucas no da mayor detalle acerca del alumbramiento. Sólo dice que "ella dio a luz a su primogénito" (Lc 2,7). Sin embargo la sencillez del relato nos deja la impresión de que el suceso se produjo con toda calma y celeridad y que la paz de Dios los rodeaba.

Imaginemos a esa jovencita, inocente, pero acostumbrada sin duda a los detalles del alumbramiento en una cultura donde las mujeres daban a luz con frecuencia rodeadas de sus familiares mujeres. Recordemos que ella había acompañado a su prima Isabel cuando nació el Bautista. Quizá Dios la mandó a propósito donde su pariente para que asistiera al parto y se familiarizara con lo que ella tendría que hacer cuando le llegara su turno.

El parco relato de Lucas dedica apenas unas líneas al acontecimiento: después de dar a luz, dice, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre. Pero ¿quién recibió al niño? ¿José? ¿Quién cortó el cordón umbilical?, ¿quién lavó la sangre que cubría al niño al salir del seno? ¿Es importante pensar en esto?

Tendemos a hacer del nacimiento de Jesús un hecho abstracto, lejano, como poniendo entre paréntesis su naturaleza de carne, como si no quisiéramos contaminar al Salvador con esos detalles demasiado humanos. Pero nueve meses antes de nacer, el Dueño del universo y quien lo sostiene con el brazo de su poder, se redujo a la más mínima expresión de nuestra naturaleza, a un embrión microscópico, escondido en el vientre de una mujer, a una célula de tamaño insignificante que apenas concebida empezó a multiplicarse.

Si. Eso que nosotros fuimos al inicio de nuestra vida, cuando nadie nos veía, Él lo fue también. El Verbo se hizo carne, en verdad (Jn 1,14), con todo lo que eso implica. El embrión que vieron tus ojos (Sal 139,16) fue creciendo poco a poco, en lo oculto, como cualquiera de nosotros. Sus órganos se fueron formando gradualmente, la minúscula masa informe de tejidos fue adquiriendo rasgos humanos. Se nutrió de la sangre de su madre, que le llegaba a través de la placenta, como nos nutrimos todos nosotros en esa primera etapa; el oxígeno que daba vida a sus células pasó por los pulmones de ella.

Ahí, en esa vida humana que iba tomando forma, estaba Dios unido a nuestra naturaleza. Dios se hizo hombre con toda la realidad concreta que eso significa, salvo en el pecado. Por sus venas fluía la sangre de su madre hasta que la médula de sus huesos empezó a fabricar la propia, roja y tierna como la nuestra, esa sangre bendita que lavaría nuestros pecados; y sus pulmones se hincharon de aire por primera vez cuando dio el primer grito.

¿Podemos imaginar la emoción de esa casi niña que le dio a luz, cuando lo tuvo en sus brazos? ¿Con qué ternura lo besó y lo acarició? Era su hijo, pero ella sabía también que era no sólo su hijo, sino también su Dios y su Salvador.

En el cariño que siente toda madre por la criatura que sale de su seno debe haberse mezclado un sentimiento de respeto y de adoración. Y, ¿por qué no también?, de asombro. ¡Ella había dado la vida a Aquel que le dio la vida a ella! ¿Puede haber mayor paradoja? Si no lo pensó en ese momento, ¡cómo ese pensamiento debe haberla anonadado después!

¡Y cómo debe haberlo contemplado embelesada mientras dormía en el pesebre, o se quejaba o movía sus manitas! Horas después de nacido, ella debe haberle tomado en sus brazos y acercado a su pecho para darle por primera vez de mamar. ¡Que el Hijo del Altísimo se alimentara de ella!

Bien había cantado ella meses antes, al recibir el saludo de Isabel: Desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones (Lc 1,48) Ella sabía bien el honor que le había cabido.

Ese nacimiento que la hizo a ella bienaventurada nos hizo también bienaventurados a nosotros. Nos hizo bienaventurados porque Aquel cuyo nacimiento celebramos redimió nuestra naturaleza al hacerla suya, al asumirla haciéndose igual a nosotros (Flp 2,7), y tal como venimos al mundo: inerme, hambriento, lloroso y sonriente a la vez.

Así, ni más ni menos, hace un poco más dos mil años, el Jesús glorioso que amamos y adoramos. A quien un día hemos de ver en toda su majestad cuando comparezcamos ante el trono de su gloria. Él es nuestro Dios y juez, pero también es nuestro hermano, que no olvida que una vez Él fue tan frágil y débil como cualquiera de nosotros al nacer.