Tenemos hermanos, los de sangre y los de la fe. Si somos de tal manera con los de sangre, que se puede esperar de los que son por la fe, o también podemos decir que porque con los de sangre no somos como lo somos con los de la fe.

Un padre con dos hijos, tan diversos el uno del otro, más tan importantes ambos para él.

Un padre con dos hijos que viven tan alejados, uno de la casa y el otro del corazón.

El “pródigo” sale de la casa pero sin salir del corazón del padre, se va y comienza a escribir una historia mala, hasta que harto de tanta lejanía del amor que había en casa, decide volver y vuelve, dándole a su historia un final hecho fiesta, un final que comienza con el abrazo del padre.

El hijo mayor, nunca se va, no se ha ido, y no tiene ni el proyecto de irse, éste se queda en casa, pero no ha entrado en el corazón del padre. Su historia se va escribiendo allí, en casa, tan cerca pero tan lejos de su padre, una historia que se queda incompleta y no sabemos si acepta o no el abrazo de su padre.

Queremos tantas veces comprender la vida de los demás, y hasta damos recetas para sanar las dificultades o las enfermedades de la fe, y no somos capaces de comprender el desastre que puede sufrir quien se va de la casa, de quien se aleja de Dios. Nos sumergimos tantas veces en el rechazo al otro por sus acciones, y nos olvidamos de los sentimientos de Dios.

Ciertamente alejarse de la casa del padre para derrochar la propia vida buscando la felicidad, una que se queda solo en una aparente felicidad, nos convierte en esclavos de nosotros mismos y de nuestras apetencias. Pero nunca es tarde para decidir volver a casa, recuperar lo que se ha perdido, porque así como ninguno esta exento de irse, así todos tenemos derecho de reivindicar el sendero.

Pero que triste es que cuando nuestro hermano vuelve a casa, la arrogancia nos invade y terminamos mirado y actuando con desprecio.

Queremos ser hijos pródigos, de esos que se atreven a reconocer sus malas acciones y vuelven a casa, pero nos compartamos como el hijo mayor, vivimos honestamente, llenos de soberbia, pensando que no tenemos necesidad de la misericordia de Dios.

¿Dónde estoy y a dónde tengo que volver? ¿volver a casa o volver al corazón?

No podemos vivir en la ceguera inversa, donde viendo a los demás no somos capaces de mirar dentro de sí, porque moriríamos de pena al instante.

“Éste recibe a los pecadores y come con ellos” y todo parece indicar que los que no se quieren convertir son aquellos que se creen buenos, hijos mayores que se creen perfectos, invadidos por tanta ceguera, que si llegan al infierno no se darán cuenta del lugar en el que han caído.

Si eres el hermano mayor, ¿te atreverás a recibir el abrazo del padre y entrar a la fiesta a celebrar con ese hermano tuyo?