Una apertura decisiva al Espíritu Santo, decisión vital en la fe…

El segundo objetivo fundamental de la Renovación Carismática Católica es: “Propiciar una apertura decisiva hacia la persona del Espíritu Santo, su presencia y su poder”, lo cual nos propone trabajar en un ejercicio de doble apertura, el primero, una apertura a la persona misma del Espíritu Santo, y una segunda apertura a su acción soberana y a su dinamismo divino.

La primera gracia que recibieron los apóstoles en Pentecostés fue el Don del Espíritu Santo como persona (Lc 24,49), en el Antiguo Testamento la presencia de este Espíritu estuvo como disimulado en figuras, como la nube en el día y la columna de fuego en la noche, durante la travesía del pueblo de Israel por el desierto, pero ya con la persona de Jesús, el Padre da su Promesa, que enviaría a la también persona del Espíritu Santo, que es persona porque tiene acciones y actitudes de una persona hacia nosotros, nos enseña, nos consuela, nos fortalece, nos aconseja, en fin, y aunque es en esencia el Espíritu del Padre y del Hijo, es persona en su relación con cada uno de los bautizados, ya que los hace hijos de Dios por medio de Cristo Jesús.

Jesús llama al Espíritu Santo “la promesa de mi Padre” (Lc 24,49), haciendo alusión al texto del profeta Ezequiel, donde anuncia y promete que, finalmente, en los tiempos en que venga el Mesías de Dios infundirá su Espíritu: “Infundiré mi Espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas” (Ez 36,27), en el AT se tenía por tradición que el Espíritu de Dios estaba solo en los ungidos y llamados por el Señor, como los patriarcas, los jueces, los profetas y los reyes, pero desde este texto bíblico, Dios promete que su Espíritu estará en todos los creyentes, para que sea este quien los conduzca, los guíe por el camino que Él mismo ha señalado en Jesucristo.

Esta promesa se aclara más adelante cuando el profeta Joel anuncia: “Y sucederá que, en los últimos días, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne…” (Jl 3,1), en Pentecostés el evangelista Lucas pondrá en labios de Pedro en su discurso nuevamente esta afirmación del Señor por medio del profeta (Hch 2,17), esto significando y ratificando que, para todos los que crean y abran el corazón a la experiencia del Espíritu podrán vivenciar su acción, que este los conducirá a la presencia de Jesús, para que lo conozcan, lo amen y lo reciban como su Salvador.

A partir de la primera efusión del Espíritu en Pentecostés, dice el Catecismo de la Iglesia Católica en su numeral 672, se abre una nueva era, “el tiempo del Espíritu”, es aquí cuando el Espíritu Santo toma posesión de la persona de una manera nueva y diferente, para transformarlo, para darle vida nueva y abundante, con su entrada en el corazón de la humanidad, al mismo tiempo el Espíritu, hace entrar a la gran comunidad, que es la Iglesia en los últimos tiempos, donde hemos heredado el Reino de Dios, pero hay que disponerse a la consumación de este regalo del Padre en la persona de Jesús.

La invitación desde este artículo es a continuar profundizando en el conocimiento de la Persona del Espíritu Santo, para que conociéndolo se le ame, dejando llenar auténticamente por él, para que haga posible el encuentro pleno con Dios, especialmente con Jesús Resucitado, seguidamente entraremos a hablar de lo que sucede cuando nos abrimos a su poder y a su dinamismo divino en nosotros.