Cuando Jesús nació, brilló una gran luz para el pueblo que caminaba en tinieblas y en sombras de muerte. El Hijo Eterno de Dios se hizo hombre. El Creador de cuanto existe se hizo criatura. La Palabra que originó el Universo se tradujo en llantos y balbuceos. El Altísimo se abajó.

Al optar por ser hombre, Dios ennobleció la Tierra. El Hacedor puso su mirada en nuestro planeta. Partió en dos nuestra historia. Nos dio a conocer su amor. Nos reveló el misterio que estaba oculto durante inmensidades de siglos: que el Padre del Cielo nos quería salvar a todos los hombres, sin distinción.

Cuando la misericordia de Dios se manifestó en Jesús de Belén y de Nazaret, estalló la paz. Se reconciliaron los hombres, hubo perdón y armonía, los ángeles cantaron, las estrellas brillaron con un fulgor desconocido, los magos y los pastores adoraron a un Niño, los pescadores y los publicanos siguieron a un Maestro, los judíos y los romanos escucharon una noticia estupenda: que la muerte quedaría vencida para siempre.

Ese es el evangelio que siempre celebramos, y el que cada diciembre resuena con renovada alegría. Es el anuncio de nuestra dignidad de hijos de Dios, es la promesa de nuestra redención, es el gozo de sabernos transformados por el Espíritu de Jesús, es pregustar nuestra pascua futura, es saber que entre el Cielo y la Tierra se acabaron las distancias, es reconocer que el oro y la plata son apenas un polvillo en comparación con el conocimiento de Cristo, es saber que el amor derriba las barreras, hace aparentes locuras e ilumina toda la existencia.

Ese acontecimiento lo celebramos ahora, y lo llamamos Navidad. Siembra entusiasmo por doquiera, estalla en villancicos, florece en música y mensajes, resplandece en las calles, llena de pesebres las más suntuosas salas y los templos más hermosos, resplandece en todos los rostros y transforma los corazones. Pero todas esas manifestaciones externas son apenas la expresión de un misterio que supera todas las palabras y trasciende toda la sabiduría de los hombres: y es saber que el Eterno nos ama y nos llama a que formemos parte de su familia. Es saber que el mundo puede cambiar y que nosotros todos estamos invitados, como Cristo, a asumir las realidades que nos rodean, por humildes que parezcan, para que todo se vuelva manifestación del amor de Dios.

En medio de las tinieblas morales que nos envuelven, Dios quiere que siga brillando la luz, y que los caminos de la vida se hagan perceptibles. No estamos extraviados, la luz de Cristo señala el camino del perdón, de la vida y de la definitiva libertad.