Un leproso le dijo a Jesús: “Si Tú quieres, puedes curarme”.

Y Cristo, extendiendo la mano, le dijo:

“Yo lo quiero, sé curado”.

La condición que Dios pone para curarnos

es la absoluta confianza.

 

Todos somos leprosos ante Dios.

La lepra de nuestros pecados, de nuestras concupiscencias,

de nuestro egoísmo.

 

Hay muchas situaciones que sólo se resuelven

con la absoluta confianza en Dios:

¡Si Tú quieres!

¡Si Tú quieres hacerme puro!

¡Si Tú quieres alejar de mí la tentación!

¡Si Tú quieres devolver el amor y la alegría a mi hogar!

Debemos reconocer ante Dios nuestra gran miseria.

Para Dios no hay casos desahuciados…

Él exige como condición

que clamemos desde el fondo de nuestra alma:

“¡Si Tú quieres, puedes curarme!”

Cuando nos vemos encadenados al pecado;

cuando sentimos que la lepra de la mediocridad

nos ha cubierto con su púrpura de insensibilidad,

que nos impide reaccionar hacia el bien y la virtud;

cuando vemos que se ha cerrado la noche de la incredulidad

sobre nuestro corazón;

cuando nos sentimos lejos de Cristo y de la paz,

entonces debemos tender con humildad

nuestras manos a Dios

y volver a decir la palabra que a Él lo conmueve y lo vence:

“Señor, si Tú quieres, puedes curarme!”