La oración del Buen Pastor (III)
Juan 17, 20-26
“Quiero que donde yo esté estén también conmigo”

En la última sección de su oración Jesús ora en palabras que alcanzan a la totalidad de la Iglesia y abraza a todos los creyentes de todos los tiempos, incluyéndonos a nosotros aquí en esta mañana.

Esta parte de la oración de Jesús está centrada en tres peticiones:

• Jesús ora para que los discípulos logren la unidad y esta unidad evangelice el mundo (17,20-23)

• Jesús ora para que los discípulos puedan llegar a la contemplación de la gloria de Jesús en la amistad eterna él (17,24)

• Jesús ora para que vivan habitados por el amor de Jesús y sean transparencia de él en el mundo (17,25-26)

Vamos a detenernos solamente en la segunda petición:

“Padre, los que tú me has dado,
quiero que donde yo esté estén también conmigo,
para que contemplen mi gloria, la que me has dado,
porque me has amado antes de la creación del mundo”
(v.24)

El amor siempre pide unión y esta unión pide eternidad. Por eso cuando dos amantes se declaran el amor generalmente se dicen “para siempre”.

Esto es lo que Jesús ora en la segunda parte de su oración por todos los discípulos de la historia. Ora el futuro del amor, el futuro de la relación de discipulado.

¡Qué profundidad, qué alcance tienen los temas que Jesús va exponiendo en esta magnífica oración!

Aquí Jesús dice que sus discípulos, no solos sino en comunidad, estarán siempre con él. Recordemos, cuando leímos el capítulo 14 de Jn, que lo que dio pie a las últimas enseñanzas de Jesús fue precisamente el hecho inminente de la separación, el “yo me voy” de Jesús.

En Filipenses 4,17, Pablo le anunció a su comunidad su destino final: “así estaremos con el Señor para siempre”. Estar con el Señor, aquí en la palidez del tiempo presente y luego en el Cielo, es nuestra meta.

La razón de ser de esto, dice Jesús en su oración, es “para que contemplen mi gloria”. Hay un texto de 1 Jn 3,2 que nos ayuda a interpretar esto de la contemplación de la gloria: “Cuando nosotros los veamos seremos semejantes a él”. Esto es contemplar la gloria: ser como él. Y esta gloria que contemplamos es algo que nosotros actualmente experimentamos. En Jn 1,14 se dice que “el Verbo se Hizo carne… y contemplamos su gloria”. Contemplamos la gloria en el Verbo encarnado, en el rostro humano de Jesús, que no es otra cosa que el rostro divino que nosotros estamos llamados a tener.

Dejemos que la fuerza la oración de Jesús ilumine nuestro corazón con esta esperanza: “Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo, para que contemplan mi gloria”.

No hay nada más bello que estar junto con Jesús. Esta promesa nos ha venido acompañando a lo largo de todo este tiempo pascual, con la lectura de Juan. Jesús ya había dicho: “Si alguno me sirve que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor” (12,26).

También fue esa la convicción con la que comenzó el capítulo 14, donde Jesús propuso la imagen de la casa: “Voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros” (14,3). Con estas palabras luminosas comienza y también termina el gran adiós del Maestro.

Dejemos que la oración de Jesús impregne la nuestra:

“Señor hoy siento deseo de estar contigo y de verte. Yo sé que un día mi corazón te
contemplará para siempre, estará siempre en tu presencia y te amará apasionadamente
en todas las cosas. Llegará un tiempo en que no respiraré, no pensaré y no me moveré,
pero yo sé que respiraré, pensaré y sentiré tu amor”.

Amén.

Cultivemos la semilla de la palabra en lo profundo del corazón

  1. ¿Qué me inspira la oración de Jesús? ¿Qué sentimientos me provoca?
  2. ¿Cuál es el mayor deseo de dos personas que se aman? ¿Cuál es deseo de Jesús para sus discípulos?
  3. ¿Qué pido para mi familia, para mi comunidad, para mis amigos?