San Pío de Pietrelcina, nació el 25 de mayo de 1887 en Pietrelcina Italia, en el seno de una familia humilde y piadosa, sus Padre Grazio Forgione y la mamá Maria Giuseppa.

Sintió desde muy niño su vocación por la vida consagrada. A los 16 años ingresó a los capuchinos, y fue ordenado sacerdote el 10 de agosto de 1.910, fecha en la cual llega al convento de Giovanni Rotondo donde fallece en 1968.

 

Es conocido por sufrir estigmas en distintas partes de su cuerpo como las que padeció Jesucristo, era un gran confesor y recibió el carisma de saber los pecados de las personas, pero sus principales virtudes eran la prudencia, el silencio, la pobreza y la obediencia.

En su canonización, Juan Pablo II exaltaba que la gloria de la cruz era lo que más había resplandecido en su vida, su humildad que es un ejemplo para la sociedad de hoy que necesita redescubrir su valor para abrir el corazón a la esperanza. Sin esta referencia constante a la Cruz, no se puede comprender su santidad. El mismo Padre Pio lo reiteraba con estas palabras: “Para alcanzar nuestro último fin hay que seguir al divino Jefe, quien quiere llevar al alma elegida por un solo camino, el camino que él siguió, el de la abnegación y la Cruz.” («Epistolario» II, p. 155).

Entre otras características que exaltaba el Santo Padre es que San Pío fue generoso dispensador de la misericordia divina, poniéndose a disposición de todos a través de la acogida, de la dirección espiritual y especialmente de la administración del sacramento de la penitencia. Y esto es muy importante ya que el ministerio del confesonario, que constituye uno de los rasgos distintivos de su apostolado, atraía a multitudes innumerables de fieles al convento de San Giovanni Rotondo.

 

Juan Pablo II, también decía que la razón última de la eficacia apostólica del padre Pío, la raíz profunda de tan gran fecundidad espiritual se encuentra en la íntima y constante unión con Dios, de la que eran elocuentes testimonios las largas horas pasadas en oración y en el confesonario. Solía repetir: "Soy un pobre fraile que ora", convencido de que "la oración es la mejor arma que tenemos, una llave que abre el Corazón de Dios". Al terminar la homilía el Papa dice esta oración:

¡Cuán apropiadas resultan estas palabras de Jesús, cuando te las aplicamos a ti, humilde y amado padre Pío!.

Enséñanos también a nosotros, te lo pedimos, la humildad de corazón, para ser considerados entre los pequeños del Evangelio, a los que el Padre prometió revelar los misterios de su Reino.

Ayúdanos a orar sin cansarnos jamás, con la certeza de que Dios conoce lo que necesitamos, antes de que se lo pidamos.

Alcánzanos una mirada de fe capaz de reconocer prontamente en los pobres y en los que sufren el rostro mismo de Jesús.

Sostennos en la hora de la lucha y de la prueba y, si caemos, haz que experimentemos la alegría del sacramento del perdón.

Transmítenos tu tierna devoción a María, Madre de Jesús y Madre nuestra.

Acompáñanos en la peregrinación terrena hacia la patria feliz, a donde esperamos llegar también nosotros para contemplar eternamente la gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.