Parece que estamos acostumbrados a la gloria del triunfo festivo, trofeos, serpentinas, música, alegría, júbilo; que cuando aparece algo diferente, fuera de este contexto, pensamos solo en derrota, fracaso, depresión, desánimo, fatiga.

Jesús lo ha venido anunciando en varios momentos, será entregado, condenado y crucificado, pero también será glorificado, es la glorificación del Hijo del Hombre y la del Padre. Es en la entrega total donde esta su glorificación, en el sufrimiento, en el rechazo, en la soledad. Ha llegado la hora de pasar de este mundo a la gloria del Padre.

Tantas veces parece que hemos contemplado la gloria de Dios en diversidad de manifestaciones. La gloria de Dios envuelta en una nube, o en un viento fuerte, o en destellos de luz resplandecientes, o en fuego que no se consume; y es real, ha sido Dios mismo quien ha querido manifestar su gloria de múltiples formas.

Si Jesús habla de su glorificación en presente en el momento en que Judas se dirige a hacer su parte, es porque la gloria de Jesús esta en la cruz; es la hora de su gloria, mostrando quién es en verdad, el cordero que quita el pecado del mundo; la gloria de Jesús es la manifestación del amor, una donación completa, total, plena, una donación no solo suya sino que ha de estar presente en la vida de los discípulos de todos los tiempos, pues en virtud del amor seremos reconocidos como los que siguen las huellas del Salvador.