Es tan fácil hablar de una nube, y aunque ella parezca un misterio, sabemos cuando va a derramar la lluvia.

Es tan fácil hablar de una semilla, que aunque no notemos como germina, sabemos que al ponerla en contacto con la tierra húmeda, en un tiempo dejara de ser semilla para ser un arbusto.

Es tan fácil hablar de la luna, que aunque no contemos los días de su transformación, sabemos cuando es cuarto menguante y cuarto creciente.

Es tan fácil hablar de todo, aún cuándo no conocemos en totalidad la esencia de todo, y sin darnos cuenta estamos hablando de Dios, porque en cada expresión de la naturaleza que nos rodea podemos reconocer la presencia de lo divino, que también habita en nuestra humanidad.

Seguramente hablar de Dios no es fácil, pero más difícil aun es hablar del misterio de Dios, pues es la realidad que lo supera todo; y aún así sacerdote llegó a afirmar: «nosotros la tenemos muy fácil al momento de hablar de Dios, y es que Dios se ha hecho humano, entonces hablar de lo humano es hablar de Dios»; y que hermosas palabras, pero cuan difícil también resulta hablar de nosotros mismos, porque somos nuestro propio misterio. No nos sabemos entender a sí mismos y ya queremos entender a Dios.

Dios sabe que nuestra mente no puede abarcar todo su misterio, y por ello de forma pedagógica y sencilla ha querido revelarse en totalidad, pero seguimos buscando explicaciones.

Seguimos sin aceptar como Dios se ha hecho uno de nosotros, se ha hecho humano, seguimos buscando porque esto es humanamente impensable.

Seguimos tercos porque a Dios no le basto con hacerse humano, sino que además es el Dios que entrega su propio Espíritu, y ya eso es increíble, no como algo sorprendente, sino no creíble.

Domingo a domingo profesemos la fe de la Iglesia, pero nos domina lo inimaginable, aun nos cuesta creer que Cristo mismo vive en la Iglesia.

Ponemos una y otra excusa para no dar garantía de la presencia de Dios en medio de su pueblo, queremos manifestaciones que traspasen las leyes de la física, porque el camino que Dios ha escogido para salir de su misterio no nos convence.

¿Qué más queremos de Dios?

Décimos ser Iglesia, pero hablamos mal de ella.

Dejamos de creer en la Iglesia sin darnos cuenta que en efecto es dejar de creer también en Dios.

No tenemos credibilidad en la Iglesia y aún así acudimos a ella para seguir bautizando a nuestros hijos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Aunque sigamos empeñados en buscar la maldad y la división para autodestruirnos, el regalo de la Iglesia para sus hijos es la fe en el Dios uno y trino, y al recibirlo formamos parte de ese misterio de Dios, inundado de bondad y diversidad que unen, sigamos juntos dando gloria, con  nuestras acciones, al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.