El profeta Isaías compuso un bello cántico que la tradición cristiana aplica a Cristo: “Una criatura nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Estará el señorío sobre su hombro, y se llamará su nombre: Maravilla de consejero, Dios Fuerte, Siempre Padre, Príncipe de la Paz” (Is. 9,5).

Este último nombre señalaba una bella característica de Jesús. Él es nuestra paz (Ef. 2,14), Él es Señor de la paz (2 Tes. 3,16), Él vino a anunciar el evangelio de la paz (Hechos 10,36), Él hizo la paz mediante la sangre de su cruz (Col. 1,20), Él deseó que todos tuviésemos la paz (Jn. 16,33), Él saludaba dando la paz (Lc. 24,36; Jn. 20,19).

En el nacimiento de Cristo, los ángeles cantaron deseando la paz para la tierra (Lc. 2,14), y cuando entró en Jerusalén los hombres lo aclamaban deseando la paz para el cielo (Lc. 19,32).

Al ascender a los cielos, Jesús dejó la paz a sus discípulos. Él se las dio con el modo exclusivo que tenía de darla (Jn. 14,27). Porque la paz que dejaba era Él mismo. Fue lo que comentó San Agustín al escribir:

“En ÉL y de Él tenemos nosotros la paz; sea la que nos deja al irse al Padre, sea la que nos dará cuando nos conduzca al Padre. Pues ¿Qué es lo que nos deja al partir de nosotros sino a Él mismo, que no se aparta de nosotros? Él es la paz nuestra, que de dos hizo una sola cosa. Él es nuestra paz no sólo cuando creemos que Él es, sino también cuando lo veamos como Él es. Pues, si mientras estamos en este cuerpo corruptible, que aprisiona el alma y caminamos por la fe y no por la contemplación, Él no abandona a quienes se ven distantes de Él, ¿Con cuánta mayor razón nos llenará de sí cuando lleguemos a contemplarle? Jesús, el Rey pacífico, es quien puede darnos la verdadera paz, la de cada hombre y la de todos los hombres. La paz interior que implica la armonía con Dios y consigo mismo, y la paz exterior que implica la armonía con el prójimo y con el mundo en que vivimos”.