(Sobre el día de San Pedro y San Pablo)

Celebramos hoy con gran alegría, como Iglesia Universal, la vida, el legado y la entrega de dos hombres que son a mi manera de ver, dos ayudantes de Jesús, corresponsables de que hoy podamos conocerlo y seguirlo. Son base para nuestra Iglesia, son ejemplos de vida y de servicio a los hermanos, pero sobre todo, son los modelos más adecuados para evidenciar lo que significa la vida cristiana. Ellos son: Pedro, que antes de conocer a Jesús era solo Simón; y Pablo, el de Tarso, que contra todo pronóstico y a pesar de su constante odio a los primeros cristianos, fue conquistado por Jesús y se convirtió en uno de los más grandes evangelizadores que en la historia hayamos podido conocer.

No creo que sea causalidad que la Iglesia los celebre a ambos en un solo día, ni mucho menos creo que sea porque son poco importantes, al contrario, creo que la Iglesia nos envía un mensaje al mostrarnos dos imágenes de hombres que aparentemente son contrapuestos, pero que sin embargo, luego del encuentro con Jesús se convierten en pieza fundamental para que otros puedan conocerlo.

Me gusta encontrar en Pablo y Pedro a dos humanos muy humanos, capaces de reconocer sus limitaciones y de superarlas. Basta ver a Pedro negando a Jesús en los evangelios, diciendo, después de haber vivido con él, que no le conocía, demostrando que su miedo a que le hicieran daño era mayor, en ese momento, que su amor por el mismo Jesús, algo que considero muy normal, porque ¿quién no tiene miedo a que le arranquen la vida?, y resulta ser muy gracioso, porque el evangelista que pone en boca de Pedro las palabras: “iré contigo hasta la muerte” (Lucas 22, 33), luego, solo un versículo más adelante, le recuerda su finitud, su humanidad, la cual se demuestra en las negaciones (Lucas 22, 34). Por otro lado tenemos a Pablo de Tarso, quien antes de conocer a Jesús resucitado, era un fiel perseguidor de las primeras comunidades cristianas, tenía como hobby ‘matar cristianos’.

Repito, son dos humanos muy humanos, ambos eran finitos, ambos se equivocaban, sin embargo, tuvieron algo que los hizo ser santos, fue su capacidad de creerle luego a Jesús, de saber que su vida era una ofrenda y por este motivo se dejaron amar y lo amaron a tal punto que sus limitaciones humanas no fueron impedimentos para que pudieran seguirlo. Pedro, le recuerda al resucitado que lo ama, se lo dice tres veces como remediando el daño causado por las negaciones (Juan 21, 15-19) y allí se convierte en el primer pastor, cabeza de la Iglesia. Y de Pablo ni hablemos, su trabajo luego del encuentro con el resucitado le permite llevar su mensaje por todos lados. El que antes mataba cristiano, después fundaba, les daba vida a las comunidades, y como si fuera poco le brindaba a otros la oportunidad de hacerlo (Timoteo, Tito, etc).

Por eso, creo que si algo nos debería quedar de la vida de estos hombres, es que el encuentro con el resucitado nos tiene que hacer capaces de anunciar la Buena noticia de Jesús, dejándonos transformar por él y abriéndonos firmemente a que él actúe en nuestra vida para poder imitar así las virtudes de estos santos que hoy celebramos, que aunque muy humanos, fueron capaces también de darlo todo por el Jesús que los amó y que se entregó por ellos, por ti y por mí.