En el evangelio de san Juan aparece Jesús como el que bautiza con Espíritu Santo (Jn. 1, 32-34). En el diálogo de Jesús con Nicodemo, el Señor dijo que era necesario renacer; y como el fariseo le preguntase si se precisaba retornar a las entrañas maternas, Jesús le explicó que se requería nacer del agua y del Espíritu para poder entrar en el reino de Dios, y comparó al Espíritu con el viento (Jn. 3, 1-8). A lo largo de su ministerio, Jesús volvió a aludir al Espíritu Santo, al que comparó con un agua viva que brotaría de su corazón y saciaría la sed de los creyentes (Jn. 7, 37-39).

En el discurso de la última cena, Jesús se refiere con frecuencia al Espíritu Santo, de quien dice que es un Paráclito o Consolador, lo llama Espíritu de la Verdad, dice que ese Espíritu recordará y hará comprender cuanto Jesús había dicho, llevando a la verdad completa e iluminando a los discípulos y revelándoles las cosas venideras (Jn. 14, 16-17.26; 15, 26-27; 16, 7-15).

San Lucas insiste en las promesas que Jesús hizo y le da al Paráclito, el nombre de “el Espíritu de la Promesa” (Luc. 24, 49; Hech., 1, 5.8; 2, 38-39).

La promesa de Jesús de enviar su Espíritu se cumplió. A la llegada del Espíritu Santo se le suele dar el nombre de Pentecostés. Pero como en el Nuevo Testamento se narran varias venidas del Espíritu, decimos que hubo varios “pentecosteses”, aunque el nombre no resulte, como veremos, plenamente adecuado.

Los diversos “Pentecostés”

El Pentecostés del Calvario

Para contar la muerte de Jesús, los evangelios sinópticos dicen que Jesús dio un fuerte grito y expiró (Mt. 27, 50; Mc. 15, 37; Luc. 23, 46), pero el cuarto evangelio usa la expresión: “Entregó el espíritu”. En el evangelio de san Juan se encuentran frecuentemente frases que, además del sentido normal, evidente, inmediato, tienen un sentido profundo, que revela un misterio. Esto es lo que decimos de este pasaje. Además de aludir de modo inmediato a la muerte, encierra un significado místico: es la entrega del Espíritu Santo a la Iglesia, representada por María y por el discípulo amado. En la cruz, según san Juan, Jesús triunfa. Es la hora de su exaltación y el coronamiento de su Pascua. Desde entonces hubo Espíritu. Es la conquista del Resucitado para su pueblo (Jn. 7, 39; 19, 30).

El Pentecostés del Cenáculo

En la tarde del domingo de Pascua, estaban reunidos los discípulos en la casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos, cuando Jesús se hizo presente en medio de ellos, los saludó con la fórmula de la paz, les mostró las manos y el costado en señal de vida, y les cambió el temor por la alegría. Entonces, como si se tratase de una nueva creación, Jesús sopló sobre los discípulos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo” y les dio poder para perdonar o retener los pecados de los hombres (Gén. 2, 7; Jn. 20, 22). Los discípulos empezaron así a respirar el aliento de Jesús, es decir, la riqueza de su Espíritu, su interioridad más íntima. Ya en adelante, podían tener los sentimientos de Jesús (Fil. 2, 5). Podrían amar como Jesús amó, perdonar como Él perdonó, servir y acoger a los demás como lo hizo el Maestro; ser, como Él, mansos y humildes de corazón (Mt. 18, 21-35; Col. 3, 13; Jn. 13, 15.34; 15, 9-12; Mt. 11, 29).

El Pentecostés en Betania

Cerca de Betania queda el monte de los Olivos, en donde san Lucas sitúa la ascensión de Jesús al cielo (Luc. 24, 50; Hech. 1,12). El libro de los Hechos narra que Jesús estaba con sus discípulos, cuando ellos lo vieron elevarse hasta que una nube lo ocultó de su vista (Hech. 1, 9). El episodio evoca el arrebatamiento de Elías al cielo (2 Rey. 2, 9-13). Eliseo le había pedido a su maestro que le dejase en herencia las dos terceras partes de su espíritu, y Elías le había respondido: “Si me ves, cuando sea arrebatado, te será concedido; si no me ves, no se te concederá”. En la ascensión de Jesús, los discípulos ven a su Maestro que sube al cielo, hasta que una nube lo oculta a sus miradas. La nube en la Biblia es signo del Espíritu Santo. Así, aunque Jesús está ausente, en su lugar aparece la nube, símbolo del Paráclito que Jesús envía desde el cielo. Los discípulos, llenos del Espíritu, retornan gozosos a la ciudad santa (Luc. 24, 52; Hech. 2, 9-10).

El Pentecostés en Jerusalén

Eran las nueva de la mañana de un día primero de la semana, cuando sopló un viento fuerte, y un estruendo vino del cielo. La casa y los discípulos quedaron llenos del Espíritu Santo y de fuego, y empezaron a alabar a Dios en lenguas extrañas. Pedro explicará el fenómeno, aludiendo a unas palabras del profeta Joel, que anunciaban un derramamiento de Espíritu Santo sobre todo hombre y unas manifestaciones de carismas: profecías, sueños, visiones. Pedro proclamó entonces la resurrección de Jesús, invitó a sus oyentes a la conversión y a ser bautizados para que recibieran el don del Espíritu Santo, pues esa promesa es para todos… “y eran unos 3.000” (Hech. 2, 14-41). Al día en que esto ocurrió, cincuenta días después de la Pascua, lo llamaban Pentecostés, y era una fiesta de los hebreos, pero dicho nombre se utiliza no sólo para indicar la manifestación del Espíritu Santo en ese día, sino cualquier otra presencia del Paráclito, de modo que Pentecostés es la permanente venida del Espíritu de Dios a los hombres, a la Iglesia. Otras manifestaciones del Espíritu son relatadas en el libro de los Hechos Apostólicos, y podrían ser consideradas como “pentecosteses” menores.

El Pentecostés de la libertad

En Jerusalén, cuando Pedro y Juan fueron liberados de la cárcel, a donde los llevaron por haber sanado a un paralítico, se reunió la comunidad y después de escuchar a los dos apóstoles, estuvieron orando. Pedro, aludiendo a las amenazas recibidas, pidió que se manifestara el poder de Dios por medio de curaciones, señales y prodigios en el nombre de Jesús. Fue cuando tembló el lugar en donde estaban reunidos, y todos se llenaron del Espíritu Santo y se pusieron a anunciar la Palabra de Dios con toda valentía (Hech. 4, 23-31).

El Pentecostés en Samaría

El capítulo ocho de los Hechos Apostólicos narra la evangelización que realizó Felipe en Samaría, donde anunció a Cristo y bautizó a mucha gente. Fue cuando Pedro y Juan llegaron a esa región y oraron para que recibieran el Espíritu Santo, lo que realizaron imponiendo las manos (Hech. 8, 14-17).

El Pentecostés en Damasco

Después de haber quedado enceguecido en el camino de Damasco, Saulo fue llevado a la ciudad, en donde pasó tres días sin comer ni beber. Entonces recibió la visita de Ananías, que le dijo: “‘Hermano Saulo, Jesús el Señor, que se te apareció cuando venías por el camino, me ha enviado para que recobres la vista y quedes lleno del Espíritu Santo’. Al instante se le cayeron de los ojos una especie de escamas y recuperó la vista, y a continuación fue bautizado” (Hech. 9, 17-18).

Pentecostés en Cesarea

Pedro fue invitado a ir a Cesarea, a casa de un oficial del ejército romano, llamado Cornelio, de quien se decía ser “hombre justo, que honra a Dios y que goza de la estima de todo el pueblo judío”. Cuando Pedro llegó a la casa de ese pagano, anunció el mensaje de la salvación, y todavía hablaba “cuando el Espíritu Santo descendió sobre todos los que escuchaban el mensaje”. Eran el mismo don y las mismas manifestaciones que los apóstoles habían recibido (Hech. 10, 44-47).

Pentecostés en Éfeso

Después de recorrer las regiones montañosas de la actual Turquía, Pablo llegó a Éfeso, en donde encontró un grupo de discípulos a quienes preguntó si habían recibido el Espíritu Santo cuando habían aceptado la fe, y como le respondiesen que ni sabían que existiera ese Espíritu Santo, pues sólo habían sido bautizados con el bautismo de Juan, Pablo los bautizó en nombre de Jesús y les impuso las manos. Entonces vino sobre ellos el Espíritu Santo y comenzaron a hablar en lenguas y a profetizar. Eran doce hombres en total (Hech. 19, 1-7).

… Esas variadas manifestaciones del Espíritu Santo, en una persona o en doce, en 120 ó en 3.000, hombres y mujeres, adultos y niños, en diversos lugares, desde Jerusalén y Samaría hasta el Mediterráneo y el Tirreno, ante gentes judías, samaritanas, romanas o griegas, hacen que el Papa Juan Pablo II haya podido afirmar: “La vida de la Iglesia es Pentecostés, todos los días, cada día y cada hora, en cada lugar de la tierra, en cada hombre y en cada pueblo”.

Hoy se habla de un nuevo Pentecostés, que viene sobre la Iglesia; de un Pentecostés personal, que cada cristiano debe vivir con fervor y entusiasmo; de un clima de Pentecostés, que debe invadir todo el mundo; de una cultura de Pentecostés, que debe impregnar todas las manifestaciones de la vida de los creyentes. Hoy, sobre la Iglesia y sobre el mundo, sobre los individuos y las comunidades, debe manifestarse la acción poderosa del Espíritu de Dios, como la vivieron los apóstoles en el conmovedor Pentecostés de Jerusalén.