Es de los mejores seres humanos que conozco. No llevo la cuenta de hace cuánto lo conocí. Quizá hace diez o doce años. La primera vez que cruzamos palabras, lo hicimos para que él me ayudara a bajar de un palo de mango en el que me había montado mientras jugaba solo, y del que no sabía cómo bajarme. Yo era nuevo en el barrio, y él, ya llevaba casi toda su vida allí. Me ayudó a bajar, y luego se presentó: Me llamo Ricardo, dijo. Además dijo que vivía al lado de mi casa, lo que de una me permitió darme cuenta que ya no estaría tan solo por la cuadra. Bastaron un par de horas para que de inmediato me pusiera al tanto de todos los niños que vivían por allí y de los cuales él ya era amigo. No le importó compartir a sus amigos, eso me pareció sublime. Prometo que cuando lo conocí era normal, lo mismo que ahora.

Crecimos juntos. El tiempo nos hizo buenos amigos, creo que de los mejores. No es mi amigo del futbol, ni el de las parrandas vallenatas (aunque se sienta obligado a permanecer en ellas por pura lealtad a esta amistad). Sin embargo, si es el amigo en el que siempre podré encontrar reflejada y cumplida aquella frase de Sabina que define mi concepto de amistad: “a mis amigos no los juzgo, me limito a quererlos”.

Y es que siempre estuvo y ha estado dispuesto a acompañarme y apoyarme cuando la vida se pone dura y cuando mis debilidades salen a flote. Él me conoce muy bien y sabe que las ínfulas que a veces me cargo y me ciegan, no son más que eso. Por una extraña razón, frente a él nunca he tenido que ser quien no soy, ni fingir nada; ha estado dispuesto a taparme cada estupidez y a ayudarme a intentarlo de nuevo. Ha estado dispuesto a tragarse más de una rabia y en muchas ocasiones hasta me ha visto llorar por cualquier cosa.

Tenemos muchas historias por contar. La vida nos ha hecho coincidir en muchas partes. Lo he visto feliz, gozando su vida con quienes somos sus amigos. También lo he visto desilusionarse y frustrarse en muchas ocasiones. Cada vez que lo veo, lo descubro tan humano, y me admiro tanto por su valentía para pelear con la vida, para enfrentar sus situaciones que no son tan distintas a las que tiene quien esté leyendo esto. Porque en realidad no es tan distinto a nadie. Es un ser humano –de los mejores que conozco, repito- tan normal. Sueña, ríe, llora, se frustra, siente miedo, y así, experimenta el montón de emociones que cualquier ser humano normal enfrenta. Porque no es ningún enfermo. Porque es tan humano e hijo de Dios como cualquiera.

Si algo tengo que afirmar aquí, es que admiro su manera de sobreponerse a las opiniones externas, a esas que aunque uno no le pare bolas, tallan la vida y el corazón. Admiro su manera de sobrellevar los señalamientos y las condenas de unos cuantos fanáticos religiosos y de otros tantos machos ostentosos de su virilidad. Admiro su manera de llevar en su vida el amor y la amistad como principios fundamentales de acción. Admiro su  capacidad de darse a los demás y estar dispuesto a ayudar a quienes lo necesitamos en todo momento, a toda hora. Admiro su capacidad de perdonar a quienes lo han ofendido, cumpliendo además una de las promesas del Padre Nuestro. Admiro su capacidad de ser él mismo, sin máscaras. Su capacidad de querer a los que quiere con sinceridad. Admiro su forma de vivir, su forma de salirse de sí mismo para compartir con sus amigos en una parranda.

Él es mi amigo y su amistad no pienso discutirla con nadie. Y nunca he tenido que intentar convencerlo de que sea ‘normal’, ni he tenido que amenazarlo con el fuego eterno. Al contrario, he tenido que recordarle más de una vez que ninguno puede hacerle creer que es menos digno, o que es menos hijo de dios. Que su sexualidad no es ningún hechizo, ni ningún acto de brujería. Que lo que importa es lo que está en el interior. Que lo que le hace valioso es aquello que siempre nos da a quienes estamos cerca: alegría, comprensión, compañía.

Hoy solo tengo palabras de agradecimiento para él. Por enseñarme tanto sin decirme nada. Hoy tengo también decisión de defenderlo de aquellos que se escudan en la religión para señalar. Para recordarle que su valor es inmenso en medio de una sociedad dispuesta a demostrarle que es una anomalía. Hoy pienso en él y en la infinidad de personas que a causa de su condición sexual viven y sufren el señalamiento y el juicio de aquellos que ostentan tener la fórmula de la moralidad. Hoy entiendo que antes de ser homosexual, o gordo, o flaco, o negro o blanco, es un ser humano, y es mi amigo, y eso, para mí, va primero que cualquier otra cosa.

Hoy agradezco al Dios en el que creo, su vida y su compañía. Su capacidad de hacer siempre de todo un chiste y de burlarse de los problemas que enfrentamos. Agradezco a Él permitirme una amistad tan sincera. Hoy más que nunca, profeso que “a mis amigos no los juzgo, solo me limito a quererlos”.

A Ricardo, quien antes de ser homosexual, es humano, y además, es mi amigo.