Dice el Martirologio Romano que María Magdalena fue aquella mujer que, “liberada por Jesús de siete demonios (ver Lc 8, 2; Mc 16, 9) y convertida en su discípula, le siguió hasta el monte Calvario y mereció ser la primera que vio al Señor resucitado en la mañana de Pascua y la que se lo comunicó a los demás discípulos”. Ahora bien, si leemos con cuidado el pasaje de Lucas, veremos que los “siete demonios” no significan un gran número de pecados o inmoralidades, sino “espíritus malignos y enfermedades”. Por tanto, y contradiciendo una cierta mentalidad, no fue “pecadora pública”, “adúltera” ni “prostituta”, sino sólo seguidora de Cristo, de cuyo amor ardiente fue contagiada, y la primera a quien se aparece Jesús resucitado (ver Mt 28, 1-10; Mc 16, 9; Jn 20, 14), confiándole la misión de anunciar a los suyos la alegría de la Pascua (ver Jn 20, 17-18; Mc 16, 10-11). No hay que confundirla con María la hermana de Lázaro y Marta, ni con la pecadora anónima que unge los pies de Jesús.

Al leer el relato de la resurrección del Señor en Juan 20, 1-18, nos encontramos con una María Magdalena que va al sepulcro poseída por la falsa concepción de la muerte y no se da cuenta de que el nuevo día, la nueva creación, la Pascua definitiva ha comenzado ya. Ella cree que la muerte ha triunfado. Va únicamente a visitar el sepulcro, sin llevar nada. Pero se encuentra con que la losa que aseguraba el sepulcro, signo de muerte definitiva, ha sido corrida. ¿Qué significa aquello? Que la vida de Jesús no se ha interrumpido, su historia no se ha cerrado. Los obstáculos para reconocer al Resucitado empiezan a desparecer y su tristeza se convierte en asombro. Entonces, siente la necesidad de compartir esta primera experiencia y va a contarla a sus compañeros.

 

A lo largo de su historia, la Iglesia ha manifestado una fuerte admiración por esta mujer que mostró al Señor un amor rendido y tierno, capaz de expresarse en gestos atrevidos que escandalizaron a sus contemporáneos y que nos inspiran a nosotros. Ella sigue siendo ejemplo de discipulado, de seguimiento del Resucitado, en total entrega a la voluntad de Dios, por la fuerza del amor. ¿No nos hará falta un poco de la pasión y de la ternura con que la Magdalena amó a Jesús, hasta encontrarlo? Tal vez está vestido de hortelano, de pobre trabajador, de persona sencilla, muy cerca de nosotros, sin que le hayamos reconocido.

 

Pidámosle, pues, al Señor que nos llene de la presencia de su Espíritu, para que podamos descubrirlo vivo y presente entre nosotros, sobre todo en el rostro de las personas que sufren, víctimas de la violencia, de la indiferencia del mundo, desechados por una sociedad cada vez más individualista y encerrada en sí misma. Que, como la Magdalena, seamos para nuestros hermanos anunciadores apasionados de Jesucristo “camino, verdad y vida”, fuente de la verdadera alegría.

 

Si le reconociéramos en nuestros hermanos, seríamos capaces de convertirnos en mensajeros de su victoria sobre el pecado y la muerte, sobre el dolor, la ausencia y las lágrimas. Seríamos sus entusiastas mensajeros.

 

Vea También (TOMÁS “EL DUDOSO”)