Sábado – Semana 10 del Tiempo Ordinario

Una veracidad que genera confianza y credibilidad

Mateo 5, 33-37

“Sea vuestro lenguaje ‘Si, si’; ‘No, no’

Retomando el evangelio de ayer, no es fácil sostener la palabra dada, particularmente la palabra que hace “promesas” dentro de una relación: sea con Dios, sea en la vida conyugal, sea en el ámbito comunitario o social.

Por eso la siguiente escuela de valores está relacionada con el delicado ámbito de la comunicación verbal: la futilidad de las palabras.

Ambientemos un poco.

Una buena relación depende de una buena comunicación, sobre todo a niveles profundos. Dentro de ella el engaño sería un mal fundamento. Se requiere “veracidad”. De la veracidad depende la confiabilidad de una persona. Y en la confianza el amor se la juega toda. De ahí que la transparencia de una persona sea como la base de un castillo de naipes, si ésta llegase a faltar en cualquier momento todo se viene al piso.

Lo dicho anteriormente vale para todos los espacios de relación en los que nos movemos, particularmente aquellos en los cuales hemos adquirido compromisos.

Veamos ahora cómo Jesús hace de esta realidad un lugar específico para vivir los valores del Reino.

  1. El problema: cuando ya no nos creen
    En el mundo hebreo, para que una persona fuera “creíble” tenía que jurar que decía la verdad. Por eso, poco a poco se fue generalizando el hábito de jurar prácticamente por todo. El mandamiento del decálogo lo que prohibía no era el juramento sino “Tomar en falso el nombre de Yahvé” (Éxodo 20,7), es decir, colocar a Dios como testigo de una mentira.

Lo importante era colocar a Dios, lo más grande que puede haber, como garante de la verdad. Como lo describe el evangelio, para evitar pronunciar el nombre del “innombrable” se llegó a figuras jurídicas tales como jurar por el cielo, por la tierra, por Jerusalén (Mateo 5,34-35). El complejo mundo de la normativa rabínica le gastaba tiempo a esas cosas con reglamentaciones.

  1. El valor: decir siempre la verdad
    Puesto que un discípulo de Jesús es un hombre nuevo, he aquí un signo que lo diferencia. Dice Jesús: “No juréis en modo alguno” (5,34ª). No lo hace simplemente porque no

tiene necesidad. La palabra de un discípulo es siempre verdadera, se sostiene sola, y esto porque es discípulo del Reino.

Esto quiere decir que el discípulo, porque es “puro de corazón” (5,8), no tiene dobles intenciones, no tiene nada que esconder y por eso no necesita mentir para proteger intereses ocultos. Por lo tanto no tiene necesidad de apoyar lo que dice con juramentos de ningún tipo: su palabra siempre dice la verdad.

  1. Aplicación
    La transparencia es en primer lugar ante Dios. El hecho de que el hombre no esté en condiciones –por cuenta propia- de cambiar ni uno solo cabellos (y es claro que no se está pensando en la costumbre de teñirse el pelo), indica que su vida entera permanece ante Dios tal como es, sin maquillajes. Por eso no hay necesidad de jurarle nada a un Dios que nos conoce a fondo (ver 5,36).

Pero también tiene que ver con todo lo que se le dice a los demás. Cuando Jesús dice: “sea vuestro lenguaje: ‘Si, si’, ‘No, no’” (5,37), indica que cuando una persona dice que “si” así es y no se necesitan más verificaciones; igualmente cuando dice que “no”.

Así, cuando un discípulo de Jesús hace una promesa, se puede esperar que ella será cumplida a cabalidad y, en principio, no habría motivos para desconfiar.

Una característica importante del discípulo que se desprende de esta enseñanza es que él se caracteriza por la “credibilidad”. Esta es la base de la vida comunitaria y social: ser personas “creíbles”. Si no, no funciona.

Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón

1. ¿Decir la verdad es un valor para mí? ¿Qué realidad hay detrás de la mentira?

2. El lenguaje de un discípulo es diferente: fluye de un corazón puro. ¿Qué camino hay que hacer para ser así? ¿Qué consecuencias tiene?

3. ¿Me considero una persona “creíble”? ¿Mi palabra es suficiente o hay necesidad de juramentos, testigos, etc., para que nos crean?

“Tu Corazón, oh Jesús, está abrasado de purísimo amor por mí; que también yo te ame, no buscando mi interés temporal o eterno sino únicamente por amor a ti” (San Juan Eudes, “Llamas de amor”).