“Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde” (Jn. 14,27)

Estamos en un momento crucial en la historia de Colombia por las conversaciones de Paz que se llevan a cabo en La Habana cuba. No cabe duda que el deseo de Paz para el pueblo colombiano se ha convertido en uno de los anhelos mas esperados, después de llevar mas de 50 años de violencia que ha afectando de forma directa e indirecta a la totalidad de los colombianos.

Si bien es cierto que el estado sigue haciendo esfuerzos por firmar un acuerdo definitivo con las FARC, no se puede catalogar dicho acuerdo como el fin de la guerra, en tanto que hay otro grupo que continúan sembrando el terror dentro del pueblo colombiano.

Por otra parte hay un factor que desdibuja el concepto de paz que el gobierno quiere imponer y es la corrupción del sistema político, económico y jurídico del estado colombiano. Dicha corrupción ese enmarca en la injusticia social que ha sumido en la pobreza y desigualdad a la gran mayoría de los compatriotas, generado situaciones de violencia que van mas allá de los grupos al margen de la ley.

La verdadera paz está íntimamente relacionada con la justicia, el desarrollo, la educación y la implementación de un sistema de salud que proporcione soluciones eficaces a los colombianos.

Cada una de éstas características que se relacionan con la paz, son posible vivirlas y aplicarlas en la medida en que se adopte con compromiso verdadero por cada colombiano; independientemente de su credo, raza, ideología política o condición económica y sexual. Las palabras y testimonio de un humilde carpintero que vivió hace más de dos mil años enmarcan los cimientos de una paz verdadera. No obstante, la paz no es cuestión de esfuerzos humanos únicamente, sino que es un don de Dios, un regalo que es otorgado por su Hijo Jesucristo a cada uno de quienes abren su corazón al Evangelio y deciden encarnarlo en su existencia, o como decía san Juan Eudes, es tarea de todos dejar vivir y reinar a Jesús en nuestros corazones para alcanzar una verdadera paz.

Jesús es quien nos da la verdadera Paz, no como la da el mundo, sino una paz con la fuerza del Espíritu Santo, enmarcada en el mandamiento más importante, el mandamiento del amor, donde cada colombiano procure el bien de su hermano, de su vecino, de su esposo o esposa, de sus hijos, de sus empleados, o de cada persona con quien interactúa a diario (Jn.13-34). Esta paz es la que todos necesitamos, la que esta en cada corazón, la que puede trascender las diferencias religiosas, políticas y culturales, aportando así al desarrollo integral de nuestro país. No obstante, si los dirigentes políticos de estado colombiano continúan es su carrera de corrupción, e injusticia, seguiremos en una concepción de la paz solamente en documentos pero no en la realidad de nuestro país.