“Pero yendo de camino, estando ya cerca de Damasco, hacia el mediodía, me envolvió de repente una gran luz venida del cielo; caí al suelo y oí una voz que me decía: "Saúlo, Saúlo, ¿por qué me persigues?" Yo respondí: "¿Quién eres, Señor?" Y él a mí: "Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues." Los que estaban vieron la luz, pero no oyeron la voz del que me hablaba. Yo dije: "¿Qué he de hacer, Señor?" Y el Señor me respondió: "Levántate y vete a Damasco; allí se te dirá todo lo que está establecido que hagas." (Hechos 22, 6-10).

Al que llamaban Saúlo, iba de camino a perseguir a los cristianos, de repente se le manifiestas aquel que es el dador de la vida, que nos ama antes de que naciéramos, nos llama porque somos de Él: “Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado: yo profeta de las naciones te constituí” (Jeremías 1, 5). Saúlo cae al suelo escucha la voz, esa voz magnífica: “¡Rendid a Yahveh, hijos de Dios, rendid a Yahveh gloria y poder! Rendid a Yahveh la gloria de su nombre, postraos ante Yahveh en esplendor sagrado. Voz de Yahveh sobre las aguas; el Dios de gloria truena, ¡es Yahveh, sobre las muchas aguas,Voz de Yahveh con fuerza, voz de Yahveh con majestad”. (Salmo 29, 1-4). Cuando de repente le pregunta su Dios, ¿porqué me persigues? le pregunta para que entre en razón de quien en verdad hace persecución, “Yahveh, tú me escrutas y conoces; sabes cuándo me siento y cuándo me levanto, mi pensamiento calas desde lejos; esté yo en camino o acostado, tú lo adviertes, familiares te son todas mis sendas.” (Salmo 139, 1-3). Luego le pregunta quién eres, igual como lo pregunta Moisés: “Dijo Dios a Moisés: «Yo soy el que soy.» Y añadió: «Así dirás a los israelitas: "Yo soy" me ha enviado a vosotros.” Pero en este caso le dice a Saúlo “Yo soy Jesús Nazareno al que tú persigues”.

Y dice esta historia narrada por el hecho de los apóstoles, que todos los que estaban al lado de Saúlo observaron la luz, esa luz que da sentido a todo: “En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron”. (Juan 1, 5). Al final le dijo Saúlo a Jesús cuando se encuentran ¿qué he de hacer? pero no es otra cosa que seguirle y hacer su voluntad: “más bien, así como el que os ha llamado es santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra conducta,como dice la Escritura: Seréis santos, porque santo soy yo. Y si llamáis Padre a quien, sin acepción de personas, juzga a cada cual según sus obras, conducíos con temor durante el tiempo de vuestro destierro.” (.1 Pedro 2, 15)

 

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