¿Ha vuelto usted a recordar que estamos en la fiesta de la Pascua, o se ha olvidado totalmente de ella y se ha distraído con las noticias que da la televisión de asesinatos y de secuestros? La mayor parte de los católicos no pensamos en la divina fiesta de la Pascua, en el hecho realmente portentoso de que Jesús resucitó, de que estuvo 40 días conversando con sus discípulos y de que por último entró en el misterio de Dios. Y mucho menos pensamos en que nosotros también resucitaremos.

Tenemos que saber, tenemos que recordar que por virtud de la resurrección de Jesucristo, después de que muere un hombre creyente, su alma siente un influjo misterioso e inmenso, que es la vivificación de todas sus potencias. La visión del alma se amplía casi al infinito. Su entendimiento se ilumina, su voluntad de amar se amplifica grandiosamente y entra en un nuevo estado, que se llama visión beatífica. Poco a poco el alma va penetrando en el misterio de Dios y de Cristo y va formando el perfecto Hijo de Dios, integrado con todos los creyentes.

Esta es la belleza de esperanza que nos aguarda. Esta es la vida eterna; no crea usted que todo se acaba en los recuerdos, con su propaganda y con sus poleas y con sus cinco metros de profundidad. Habrá un resurgir. Habrá un florecer de todo nuestro anhelo. Habrá la belleza de nuestra Pascua de resurrección. Todos seremos amigos. No habrá enemigos en el mundo. Todos seremos felices, no habrá nadie desgraciado. Todos estaremos unidos; no habrá nadie separado. Será precioso contemplar a todos los hombres unificados en el amor del Espíritu Santo, formando el Cristo completo y resucitado.

Con estos pensamientos dan ganas de morir. El cristiano es el único que tiene derecho a sonreír cuando muere. Si supiéramos lo bella que es la esperanza cristiana, lo que nos espera dentro de algún tiempo a todos, sin la menor duda, nos propondríamos hacer de la Tierra un jardín bellísimo en santidad, sin ninguna mancha de sangre, sin ninguna mancha de injusticia, sin ninguna mancha de odio ni de desamor. Haríamos de la Tierra el magnífico preludio de lo que vamos a ver con nuestros propios ojos, con la más absoluta seguridad.