La Iglesia cada año en la celebración de su calendario litúrgico, nos propone dos tiempos especiales, el Adviento y la Navidad, como ya se ha dicho el primero es la preparación para el segundo, pero en estos dos tiempos que se fusionan de una manera especial, se busca reflexionar y meditar sobre el misterio más grande, la encarnación del Hijo de Dios en las entrañas purísimas de la Virgen María, sobre esto se ha escrito mucho, pero el misterio no se agota, sino que cada vez sigue aumentando la devoción y la búsqueda de vivir este misterio de tal forma, que repercuta en la existencia de los seres humanos que creen en un Dios Trinitario, el Dios Padre que envía a su Hijo, para que se haga hombre, y nos salve, lo hace por medio de su Espíritu Santo quien lo engendra.

Quisiera que pensáramos en el sentido que tiene cada año celebrar, conmemorar este acontecimiento tan importante para la humanidad, sobre todo para los que se dicen creyentes, qué significa que Dios haya escogido a una mujer humilde para que su Hijo naciera, viviera como uno más y luego llegado el momento, anunciara el Reinado de Dios, con sus palabras y obras salvíficas y liberadoras.

Por esta razón es vital, que procuremos vivenciar cada año esta renovación espiritual del nacimiento de Jesús, con toda la intensidad posible, no en un mero sentimentalismo, sino en la verdadera fe, de quienes reconocen que él se ha encarnado, se ha hecho hombre, con toda la intención de salvarnos, de devolvernos la vida, la esperanza de una existencia y de un mundo mejor, a pesar de lo difíciles que son los entornos en los que nos desenvolvemos.

Como seres humanos tendemos a desdibujar las intenciones iniciales de Dios, y todo el ambiente de preparación y la misma natividad, se ven trastocadas en situaciones superficiales, favoreciendo el consumismo, el comercio, la vanidad y otras cosas más, claro está que también se viven momentos muy significativos, se despierta la caridad y la misericordia, pero se dejan a un lado, lo verdaderamente importante, reconocer como Jesús al encarnarse cambió la historia de la humanidad, hay que dejar que eso vuelva a suceder, hay que fomentar la esperanza por un mundo más humano, más lleno de amor genuino y auténtica misericordia unos por los otros.

Dejemos que este tiempo litúrgico del Adviento, cumpla su cometido, nos prepare, nos permita meditar y reflexionar acerca de la trascendencia de la Encarnación del Hijo de Dios, Jesús Salvador, lo que hace en nuestras vidas, y cómo prolongar esos efectos en los entornos y ambientes en los cuales nos desenvolvemos, para compartir lo majestuoso, pero al mismo tiempo lo sencillo, de este misterio que Dios nos ha prodigado en su inmenso Amor. Que este tiempo siga siendo una oportunidad para dejarnos impregnar, porque no decir embarazar de Dios, para que Jesús, viva y reine en nuestros corazones.