La señal de cristiano es la Santa Cruz, figura de Cristo crucificado que en ella nos redimió.

La cruz es para los cristianos como una imagen del Señor, un icono de Jesucristo; por eso adorar a la cruz es adorar a Jesús que por nosotros en ella se entregó, y que es el único que, con el Padre y el Espíritu Santo, merece nuestra adoración. Confiar en la cruz es glorificar a quien en ella fue glorificado.

Hay muchas formas de representar la cruz: cruz latina, cruz griega, cruz de San Andrés, cruz egipcia, etc. Pero todas ellas evocan la muerte de Jesús, quien con ella triunfó y que desde ella, como desde un trono, reina sobre todos los hombres. Los cristianos trazamos la cruz “desde la frente hasta el ombligo, y desde el hombro izquierdo hasta el derecho”, para indicar que le pertenecemos a Cristo. Por eso también la llevamos al cuello o prendida en el vestido. La erigimos por doquiera: en las cimas de los montes, en las cúpulas de los templos, en el cruce de los caminos, en las lápidas funerales, para indicar que ella se extiende entre la Tierra y el Cielo como un puente para el amor y el perdón divino, y que quiere cubrir al mundo entero con sus brazos extendidos.

La cruz puede ser hecha de materia preciosa o de elementos burdos, pero Aquel a quien ella representa es siempre el único, el poderoso, el amoroso Señor Jesucristo. Por eso, el cristiano, como Pablo, pide a Dios que le libre “de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual el mundo es para mí un crucificado y yo soy un crucificado para el mundo” (Gal 6:14).

 

REVISTA FUEGO, ABRIL DE 1982