El tiempo de Pascua es también el tiempo de leer historias de resurrección en las comunidades como la que sigue a continuación y que nos muestran cómo Jesús Resucitado es nuestra esperanza de un mundo mejor.

Es miércoles santo y nos disponemos a realizar, junto con Nidia, una misionera de la Comunidad Asamblea Santa y los responsables de la misión de Semana Santa en la vereda Las Palmas, del corregimiento de La Castilla (Cali, Valle del Cauca) nuestro recorrido por los diferentes sectores, visitando las familias que lo componen. De repente la Divina Voluntad nos conduce hacia un hogar llamado “El Buen Samaritano”, lugar donde viven 12 ancianos, la mayoría abandonados por sus familias. La encargada de seguridad (una de las ancianas) abre la puerta y nos acoge como si estuviéramos en nuestra propia casa y nos invita a seguir. Luego de breves minutos sale Cecilia, la que está al frente del hospital: ¿Doctora? ¿Cuántos títulos universitarios? ¿Miembro de algún movimiento cristiano? ¿Activista? ¿Líder que se preparó a través de cursos virtuales? ¿Cómo nos dirigimos a ella? Ninguna de las anteriores. Simplemente es Cecilia, la antigua cocinera del hogar.

Nos presenta a cada una de las personas que habitan allí y en la mayoría de sus casos la triste realidad: hijos y/o familiares que dejan a los abuelitos o a los propios padres, quienes les dieron la vida, a las puertas del ancianato. Muchos de ellos no saben dónde está su familia. Y, sin embargo, han llegado a un lugar donde les brindan un amor sincero y sin límites.

Producto de la violencia, este hogar quedó a la deriva por las constantes amenazas y “vacunas” que recibía la directora antigua del lugar. Esto la motivó a ella y a todo el equipo de trabajo a renunciar y cerrar el centro de atención a los ancianos y a enviarlos a cada uno a su casa. Sin embargo, le hacía falta hacer una última llamada: a la cocinera del lugar, a doña Cecilia. Le dijo a esta mujer de los lados de Buenaventura que tenía que irse del lugar, debido a que el hogar El Buen Samaritano no podía sostenerse y que le agradecía toda la labor realizada. Esto le partió el alma a la cocinera del lugar: no solamente se quedaba sin el trabajo, sino, ante todo, los abuelitos se quedaban sin un lugar donde habitar, pues ni siquiera se sabía la suerte de las familias de cada uno de ellos.

Decidió entonces hacerse cargo del lugar: de ser la cocinera pasó a velar más de cerca por las necesidades de los abuelitos. ¡Y sin un peso en los bolsillos! No tenía (ni tiene) el apoyo de ninguna entidad, sólo viven, como lo dice ella “de la Voluntad que Dios pone en el corazón de las personas”. Lleva cinco años cuidando a los ancianos: su hermana le ayuda en la cocina, sin recibir un solo peso también por ello. ¡Todo lo hacen por amor!

Las condiciones no son óptimas en el lugar. Tal vez una visión centralista y capitalista de la salud diría que hay que cerrar el lugar por falta de personal y de una estructura más estable. ¡Pero estos ideales son a veces tan ajenos a las necesidades concretas que viven los abuelitos! Ellos quieren sentirse amados, sentirse cuidados, sentir que Dios los acompaña los últimos días de su vida a través de las personas que velan por su bienestar.

Esta es la experiencia de la resurrección: pasar por el mundo haciendo el bien, es decir, amando. Pero un amor que se constituye en estilo de vida y no un sentimiento que vive en función de la retribución. Necesitamos fortalecer la conciencia de un desarrollo a escala humana y no en función únicamente de lo económico. ¡El dinero no lo es todo, el amor sí! Por eso ayudemos con amor.