En este día estamos celebrando el día de Corpus Christi, fecha especial para nuestra Iglesia, ya que se conmemora la Eucaristía.

La Eucaristía es el centro y culmen de la vida cristiana, es el pan bajado del cielo, la comida celestial, en donde bajo las apariencia del pan y el vino se encuentra nada más y nada menos que la carne y sangre de nuestro Señor Jesucristo y el evangelio Juan nos lo dice: “Jesús les respondió: “En verdad, en verdad os digo: No fue Moisés quien os dio el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo. Entonces le dijeron: Señor, danos siempre de ese pan. “Les dijo Jesús: «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed.” (Juan 6, 32-35). Saciándonos del pan celestial, sabiendo que quitará nuestra hambre y sed espiritual, solo nos queda adorarlo. Adorar es una acción del alma, del que postra su corazón ante aquel que es su Creador, adorar es reconocer que no hay nada más grande y majestuoso que el amor de Dios:v “Mi fortaleza y mi canción es Yahvé. Él es mi salvación. Él es mi Dios, yo le glorifico, el Dios de mi padre, a quien exalto”. (Éxodo 15, 2).

La oración y la adoración a nuestro Dios nos tiene que llevar a realizar obras de amor y misericordia a los demás, sin duda alguna esta es una forma de dar gloria a Dios: “Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano.” (I Juan 4, 20).

Adorar a Dios es también hacer justicia, es ayudar al pobre, estar en contra de todo fraude, de toda obra del mal contra las personas, estos pecados contra el prójimo claman justicia. Dios quiere que seamos sinceros con Él y hagamos el bien dando lo mejor de nosotros.: “Vuestros novilunios y solemnidades los aborrece mi alma: me han resultado un gravamen que me cuesta llevar. Y al extender vosotros vuestras palmas, me tapo los ojos por no veros. Aunque menudeéis la plegaria, yo no oigo. Vuestras manos están de sangre llenas: lavaos, limpiaos, quitad vuestras fechorías de delante de mi vista, desistid de hacer el mal, aprended a hacer el bien, buscad lo justo, dad sus derechos al oprimido, haced justicia al huérfano, abogad por la viuda.” (Isaías 1, 14-17)

Este es el verdadero culto que debemos dar a nuestro Dios, para que nuestra adoración sea transparente, sincera y le agradable, no podemos adorar a nuestro Señor bajo las especies del pan y el vino y mucho menos recibirlo si no hacemos el bien, si no contribuimos a construir con verdad y justicia el reino de Dios, este debe ser nuestro ideal, y si te cuesta abandónate en el mar de su misericordia diciéndole; “aquí estoy Señor”, y adoralo desde tu pequeñez, pero con una voluntad firme de hacer lo correcto, recordando que con su gracia eres más que vencedor, ¡lánzate!, ¡no tengas miedo!: “No temas, que contigo estoy yo; no receles, que yo soy tu Dios. Yo te he robustecido y te he ayudado, y te tengo asido con mi diestra justiciera.” (Isaías 40, 10).

 

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