Voy a hablarles del Espíritu Santo, que es el anhelo infinito, que es la única ilusión verdaderamente real que podemos alimentar los hombres en la Tierra, en nuestro camino hacia lo infinito.

¿Quién es este Espíritu Santo, a quien buscamos, a quien amamos, a quien tendemos? El Espíritu Santo es el vínculo que une al Padre y al Hijo. Él es el necesario para que no haya dos dioses: el Padre y el Hijo, sino un solo Dios verdadero. Permítanme ustedes que los invite al abismo de Dios. Hay un Padre infinito, un Padre de donde viene toda paternidad; un Padre y un Hijo infinito, que es el Verbo Jesucristo. Hay un Padre, eterno e inconmensurable, abismal, de donde brotó eternamente un Hijo, un Verbo, una Palabra, que está unida infinitamente a su Padre, con una unión perfecta, que se llama Espíritu Santo. ¿Quién es este Espíritu Santo indefinible y cercanísimo, leve como un susurro y arrasador como una tempestad, callado como el silencio y que es la voz del Infinito?

Él es, como les decía, la intimidad del Padre y del Hijo, Él es el infinito amor del Padre y el Hijo. San Bernardo dice esta bellísima palabra, comentando el Cantar de los Cantares: “Bésame con el beso de tu boca”. Si el Padre es el que besa y el Hijo es el besado, sigue como consecuencia que el Espíritu Santo, que es el beso del Padre y del Hijo, es la imperturbable paz, es el indivisible amor, la unidad y el vínculo indisoluble de la Trinidad.

El Padre y el Hijo se aman y nos aman en el Espíritu Santo. San Agustín dice que el Espíritu Santo es aquella persona en la cual el Hijo ama a su Padre y a su vez el Padre ama a su Hijo. Todo lo que es amor en Dios procede del Espíritu Santo. Todo lo que es amor verdadero en el universo procede también del Espíritu Santo. Nosotros no podemos sospechar esa santísima Persona de Dios, eterna y adorable, coeterna con el Padre y con el Hijo; sin principio, como Él; sin límites, como Él; infinita, como el Padre y el Hijo. Nosotros no podemos sospechar este inmenso, este divino e inefable misterio.

Nosotros, los hombres efímeros, los hombres limitados, los hombres pecadores, no podemos rastrear lo que realiza eternamente, en la adorable Trinidad, esa intimidad, esa unión, ese secreto lazo que se llama Espíritu Santo.

Como un eco, como una sombra luminosa, ese infinito amor trascendente y adorable del Padre y del Hijo se llama Espíritu Santo. Todo lo que ha habido de amor entre los hombres es causado por el Espíritu Santo. Todo lo que es amor, todo lo que es alegría, todo lo que es éxtasis proviene del Espíritu Santo. Todo lo que es tendencia hacia Dios, todo lo que es adoración, todo lo que es santidad, todo lo que es contemplación proviene del Espíritu Santo.

Piensen ustedes, también, en la ternura de los que se aman: de los esposos, de las madres, de los amigos… Cuando un hombre da la mano con amor a otro hombre, es una lejana influencia del Espíritu. Por eso la Renovación Carismática es tan importante y tan oportuna en este momento actual del mundo, cuando hace falta el amor, cuando hace falta la alegría. La llegada del Espíritu va a inundar de amor y de alegría al mundo. El Espíritu Santo es la promesa del Padre, como dicen los Hechos de los Apóstoles: Estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas ustedes serán bautizados con Espíritu Santo dentro de no muchos días (Hech l, 4).

El Espíritu Santo es la promesa del Padre: He aquí yo enviaré la promesa de mi Padre sobre ustedes, pero quédense en la ciudad de Jerusalén, hasta que sean investidos de poder de Dios (Luc. 24, 49). Porque para ustedes es la promesa y para los que sufren, para todos los que están lejos, para cuantos el Señor, nuestro Dios, llame (Hech 2, 39).

El Espíritu Santo fue lo que el Padre nos prometió. No podía prometer cosa mayor. Y el Espíritu Santo no fue sólo promesa, sino cumplimiento, en Pentecostés.

Yo rogaré al Padre y les dará otro Consolador para que esté con ustedes para siempre. El Espíritu de verdad. el cual el mundo no puede recibir porque no le ve ni le conoce, pero ustedes lo conocen porque mora con ustedes y estará con ustedes.

Tan pequeño el mundo; sin embargo, ha sido escenario de la encarnación de Jesucristo, en Belén; de la venida del Espíritu Santo, en el cenáculo de Jerusalén.

Qué pudo ver el Padre en la Tierra, qué pudo ver el Padre en el hombre para enviarnos sus dos tesoros: el Hijo y el Consolador. Caigamos, nosotros, de hinojos ante el misterio de las misiones de Dios: el Hijo, infinito y perfecto, y el Consolador, el Abogado, el Huésped, el Iluminador. Toda lengua debe callar, todo corazón debe adorar, toda vida debe entregarse a la oración, al amor y a comunicar lo que el Espíritu habla en el corazón de los creyentes.

El grupo de Renovación Carismática, debe ser un grupo de cristianos totalmente empapados por el amor infinito de Dios, que se llama Espíritu Santo. No podemos respirar sino amor; no podemos exhalar sino amor, perdón, cordialidad, ante un mundo donde no hay sino egoísmo, donde no hay sino materialismo. Nosotros debemos imponer el amor y la alegría. Dos cosas importantes nos transmite el Espíritu Santo: amor y alegría. Amor inmenso y abrasador a Dios Padre, que nos lleve a las playas del éxtasis; y amor al hombre, amor que nos lleve a construir un sistema distinto del imperante, que es individualista, impiadoso, implacable, sin rastro de amor verdadero. Es verdad que nosotros no podemos hacer cosas muy grandes ni importantes, pero sí podemos hacer multitud de cosas pequeñas, llenas de amor, magníficas, que embellezcan el mundo. Nosotros, que estamos envueltos en la alegría del Espíritu Santo, participando del gozo y del amor infinito, debemos proponemos humildemente crear alegría y crear amor en el mundo; rechazar todo lo que sea desamor, todo lo que sea odio, todo lo que sea indiferencia, todo lo que sea rigidez y frialdad y evasión.

La Renovación Carismática lleva a los hombres a la alegría y al amor. Debemos construir nosotros el pueblo que ama, el pueblo que participa; el pueblo que comparte, que rompe el hielo de la indiferencia y del separatismo.

Oremos: Oh Padre, que te uniste a tu Hijo en unidad infinita, por medio del amor del Espíritu Santo; oh Padre, que besas a tu Hijo con un beso adorable que se llama Espíritu Santo; oh Padre, que hiciste una promesa al hombre de enviarnos al Espíritu; oh Padre, que, en tu amor, tuviste dos misiones para el hombre y para el universo: tu Hijo y tu Espíritu; oh Padre, que a través de tu Espíritu nos das la posibilidad de amor y de alegría; te pedimos nosotros, los pequeños, los transitorios, que nos inundes en la vida de alegría y que nos hagas creadores del amor.