La entrega de Jesús en la cruz es uno de los acontecimientos más profundos para todos los hombres y mujeres que nos declaramos cristianos. Detenernos un momento a contemplar un crucifijo nos recuerda el amor que tuvo un hombre por toda la humanidad, amor que lo llevó a entregarse hasta la muerte. Personalmente me embargan palabras de agradecimiento cuando miro fijamente la cruz; ya sea en un hospital, una escuela, o una iglesia.

Una mañana durante un programa de radio en el que solía participar meditábamos sobre el santo rosario, nos enfocábamos sobre el poder de la cruz. Fue entonces cuando recordé un texto de Isaías que muestra los frutos de la cruz, el cual nos permite comprender en qué consiste su poder.

Isaías 53, 5 dice: “y eran nuestras faltas por las que era destruido nuestros pecados, por los que era aplastado. El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido sanados.”

Aquí aparecen tres frutos de la cruz:

El perdón de los pecados: “y eran nuestras faltas por las que era destruido nuestros pecados, por los que era aplastado”. Jesús con su entrega en la cruz te liberó y me liberó del pecado. Esto quiere decir, que nada en este mundo puede mantenernos presos, atacados, cautivos. Ninguna adicción, apego puede robarnos la libertad que el Señor nos alcanzó mediante su entrega por amor.

La paz: eso que nuestro corazón a buscado durante muchas veces en personas, situaciones u objetos es posible encontrarlo gracias al sacrificio de Jesús. Sí quieres en verdad alcanzar paz entrégate entonces a una experiencia de amor con Jesús.

La sanación: la enfermedad cualquiera que sea no tiene poder sobre nosotros porque fue vencido por el sacrificio de Jesús.

Te propongo que la próxima vez que te encuentres frente a una crucifijo pienses y si es posible hagas una sencilla oración donde digas: Gracias Jesús por entregarte por mí, no hay palabras para expresar lo agradecido que estoy contigo. Gracias por tanta bondad, lealtad, amor, misericordia. Amén.