Antiguamente se cantaba en latín un bello himno: el “adoro Te devote”, compuesto por Santo Tomás de Aquino, en honor a la Eucaristía. Una de sus estrofas, traducida al español, dice: “Oh piadoso pelícano, Señor Jesús, purifícame con tu sangre, pues estoy manchado; una sola gota de ella puede salvar al mundo entero de todo crimen”.

La imagen de un pelícano, acompañado de sus polluelos, aparece con frecuencia en láminas y estandartes eucarísticos, o grabada en la puerta de los sagrarios.

A los hombres les fascina ver a los pelícanos, volando majestuosamente sobre las olas o clavándose en las aguas en busca de peces.

En la edad antigua había muchas leyendas relacionadas con los pelícanos, cuya vida no se conocía bien.

Por ejemplo se decía que para alimentar a sus crías, esas aves se rasgaban el pecho y les daban a beber su sangre. También se enseñaba que si un pelícano, al moverse en el nido, lastima a sus polluelos, hiriéndoles y causándoles la muerte, se rasgaba el pecho y dejaba gotear su sangre sobre las heridas de las avecitas muertas, con lo cual revivían.

Esas leyendas, originadas en conocimientos zoológicos deficientes, sirvieron a los antiguos para evocar el amor de Jesús que nos alimenta con su sangre y que con ellas sanó nuestras heridas y perdonó nuestros pecados, dándonos una vida nueva.

Revista Fuego, Marzo de 1982