También muchos de nosotros podemos hacer nuestras aquellas hermosas  palabras: «Hemos visto al Señor».

También son muchos de nosotros quienes exigimos la garantía, la prueba, la comprobación de aquella realidad.

Tantas veces dominados por el escepticismo terminamos dándole más fuerza al «ver para creer», echando a un lado la fe y a la experiencia ya vivida al lado de Jesús.

Tomás exige lo que en su momento necesita para creer, ¿Qué actitud tomarían los demás discípulos? ¿Qué pensamos nosotros del Apóstol? ¿Qué pensamos de aquellos hermanos nuestros que viviendo la experiencia de Dios necesitan de la prueba?

Jesús se toma en serio la petición, y aunque no es instantánea, no debemos pensar que es un castigo por la falta de fe, sino que forma parte de la misma pedagogía del Señor. El resucitado se manifiesta el día después del sábado, el que para los cristianos se ha convertido en el primer día. Es en Domingo que Jesús da las garantías de su resurrección, a todos, también a los que etiquetamos de incrédulos.

Una comunidad que se reúne en el primer día de los días, que se reúne en Domingo para hacer el memorial de su Señor Resucitado, es una comunidad que quiere vivir la experiencia de la misericordia divina, aquella que no conoce límite, que se manifiesta en las manos heridas, en el corazón traspasado, en las marcas del dolor, de donde brota toda experiencia de Amor que infunde la gracia del Espíritu Santo.

También hoy estamos llamados a tocar las heridas, para no permanecer en la incredulidad, es la invitación del Señor para quienes, siendo sus discípulos, aún tenemos dudas. Tocar las heridas y profesar la fe: «Señor mío y Dios mío».

@pdeibysanchez