En los primeros siglos de la Iglesia se implantó la costumbre de celebrar el sacramento del bautismo en la noche del Sábado Santo, durante la vigilia pascual.

Ser bautizado es participar en la muerte y resurrección de Jesucristo. “Si con Él morimos, resucitamos con Él”, nos enseñó el apóstol Pablo. A fin de lograrlo, los discípulos de Jesús estamos invitados a morir a nuestros vicios y pasiones, para resucitar a la vida que da el Espíritu de Dios.

La celebración anual de los misterios pascuales es una ocasión propicia para recordar, renovar y reasumir el compromiso bautismal, que vamos asumiendo en nuestra vida, con todas sus consecuencias. Esa toma de conciencia, aunque tiene su clímax en los días santos, se debe continuar de manera persistente y cotidiana a lo largo de la vida.

La Renovación Católica Carismática implica precisamente un darse cuenta de la realidad bautismal, brotada de la aceptación que cada cristiano debe hacer de sus compromisos con Jesús -que muere y resucita por nosotros- y, además, de una invocación humilde y confiada al Espíritu Santo par que sea Él quien destruya en nosotros el pecado y nos dé una vida nueva.

A la experiencia inicial en la Renovación la llamamos “Bautismo en el Espíritu” y es una gracia que actualiza, en quienes la reciben, las bendiciones obtenidas cuando se vivió la experiencia de la Pascua de Jesús por medio de los sacramentos de la iniciación cristiana.

Pero no se trata sólo de renovar la gracia bautismal. Se requiere luego caminar en el Espíritu, es decir, enfrentar los retos de la existencia diaria bajo la guía y con la dirección del Espíritu Santo.

Esta nueva vida, adelantada con la fuerza del Espíritu, es un regalo, un carisma que Dios hace a los seguidores de Jesús, y esa es la modalidad de vida que la Iglesia Católica propone a sus hijos y, en consecuencia, el estilo que la Renovación Católica Carismática quiere urgir a quienes se comprometen en los grupos y comunidades que en ella van floreciendo.

La celebración pascual de la muerte y resurrección de Jesús y el tiempo de regocijo espiritual que prolonga la Pascua hasta la mañana de Pentecostés nos pueden brindar espacios apropiados para reflexionar en nuestros compromisos bautismales y carismáticos y para aquilatar nuestra fidelidad a ellos.

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