Éste es un tema que a menudo genera controversia y discusión, debido a las diferentes concepciones que se tiene sobre el ayuno dado que, algunos prefieren aceptar la práctica del ayuno  verdadero como aquel que implique abstenerse de consumir algún alimento, entre tanto otros han preferido relacionarlo con la abstinencia de una actividad o una situación que le exija una especie de desprendimiento.

En primera medida podría decirse que cualquiera de estas dos concepciones  sobre el ayuno son válidas pero al mismo tiempo, se hace necesario ampliar el concepto principalmente con base en la Sagrada Escritura, desde donde se podrá encontrar el verdadero sentido para que sea agradable al señor.

El texto del evangelista Mateo en el capítulo cuatro, donde Jesús es llevado por el Espíritu Santo al desierto y después de haber ayunado por cuarenta días y cuarenta noches, finalmente sintió hambre, nos presenta la evidencia de un ayuno en el cual Jesús se abstuvo de ingerir alimentos, entendiéndose como un sacrificio que afecta directamente su realidad humana, por tal razón,  es que la primera tentación del diablo es precisamente en dirección a su necesidad como ser humano. Ahora bien, así mismo el profeta Isaías nos  muestra otra perspectiva del ayuno, el cual no se dirige hacia el interior de quien lo practica sino en dirección de los demás, hacia  la práctica de la justicia,  dar libertad al oprimido, dar comida al hambriento, hogar a quien no lo tiene, vestir al desnudo (Is. 58,5-7), siendo así un ayuno en directa relación con  la práctica de las obras de misericordia.

Finalmente el ayuno que agrada al Señor debe ser un complemento entre el sacrificio y la negación de consumir alimentos, cuya finalidad es el dominio de si mismo,  y el compromiso y la responsabilidad en la práctica de las obras de misericordia en favor del pobre y necesitado, siempre y cuando se haga de manera sobria y silenciosa, sin andar con cara triste con el fin de ser notado por los demás, antes bien cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lava tu rostro para que tu ayuno no sea visto por los hombres sino por tu padre que está en lo secreto; y tu padre que ve en lo secreto te  recompensará. (Mt. 6, 16-18).

 

Por:

Simón Triana Triana.