Celebramos como Iglesia el próximo domingo, 29 de mayo, la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre Santísimos de Cristo, una oportunidad privilegiada para descubrir la importancia de este grato misterio en la vida del cristiano. En efecto, en “este admirable Sacramento” Jesús nos deja “el Memorial de su Pasión” para que nosotros logremos “venerar de tal modo los sagrados misterios del Cuerpo y la Sangre” que experimentemos constantemente el fruto de la Redención.

El Concilio Vaticano II, nos recuerda que la Eucaristía es “fuente y cumbre de toda la vida cristiana” (Lumen Gentium, No. 11), pues por ella, “nos unimos ya a la liturgia del cielo y anticipamos la vida eterna cuando Dios sea todo en todos” (Catecismo de la Iglesia, No. 1326). De por sí, la Eucaristía es un banquete al que todos los cristianos estamos invitados como hermanos en Cristo. Es muy importante asimilar en la vida personal y comunitaria que la Eucaristía no es un evento público al que se asiste por una invitación a una misa de difuntos, de cumpleaños, un aniversario de bodas o cualquier otra petición. Si bien estas intenciones son muy importantes porque logran congregar a la comunidad, el centro no está en ellas, sino que está en Jesús. Hacia Él se dirige nuestra súplica, como dice san Pablo, “en él vivimos, nos movemos y existimos…porque somos también de su linaje” (Hch 17,28).

Un santo encendido de amor a Dios decía de la Eucaristía: Jesús “se ha entregado tantas veces en la Eucaristía, para ser tu aliento y tu vida: «Cristo, que es nuestra vida»” y para lograr establecerse en la vida del cristiano (San Juan Eudes, Contrato del hombre con Dios por el santo Bautismo, 40). Y concluía: “Los sacramentos – especialmente la Eucaristía, que es el compendio de todas las maravillas de la bondad de Dios – son otros tantos canales de gracia y de santidad, cuya fuente es el océano inmenso del Sagrado Corazón de nuestro Salvador” (El Admirable Corazón de Jesús, 12).

Este acercamiento general a la importancia de la Eucaristía en la vida cristiana nos permite descubrir porqué como cristianos debemos alegrarnos en la Solemnidad del Corpus Christi. Por eso vivamos el siguiente ABC de la celebración:

a) Porque es Jesucristo mismo el que se nos da. Como cristianos católicos no creemos que el pan y el vino son representación del Cuerpo y de la Sangre Santísimos de Cristo: estamos seguros que es el mismo Cuerpo y Sangre de Cristo el que se nos ofrece directamente.

b) Jesús se da para ser el Corazón de nuestro corazón, el Espíritu de nuestro espíritu y el Alma de nuestra alma. Si esto es una realidad, nuestra vida debe estar unida a la vida de Cristo: “porque han muerto, y su vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida de ustedes, también ustedes aparecerán gloriosos con Él” (Col 3,3).

c) Porque continuamos y completamos la vida santa de Jesús. Dice san Juan Eudes que nuestra vida debe convertirse en el quinto evangelio viviente. En la Escritura se encuentran cuatro evangelios: Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Pues bien, para este santo fundador, el quinto evangelio debe ser cada cristiano que, con su vida prolonga la vida de Jesús, pues completamos “en nuestro cuerpo lo que falta a los padecimientos de Cristo” (Col 1,24), es decir, si bien los padecimientos ya se completaron en Jesús, en nosotros, que prolongamos su vida en la tierra, son todavía incompletos.

Es importante descubrir a través de la celebración del Cuerpo y la Sangre Santísimos de Cristo, que consideramos la Eucaristía como: acción de gracias y alabanza al Padre, como memorial del sacrificio de Cristo y de su cuerpo y, como presencia de Cristo por el poder de su Palabra y de su Espíritu.

Para finalizar, les comparto unas palabras del Catecismo (1404) de la Iglesia sobre la Eucaristía y la expectativa de la venida de Cristo:

La Iglesia sabe que, ya ahora, el Señor viene en su Eucaristía y que está ahí en medio de nosotros. Sin embargo, esta presencia está velada. Por eso celebramos la Eucaristía… mientras esperamos la gloriosa venida de Nuestro Salvador Jesucristo, pidiendo entrar en su Reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de su gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque, al contemplarte como Tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti y cantaremos eternamente tus alabanzas, por Cristo, Señor Nuestro. (Plegaria Eucarística III, 116: Misal Romano).

Autor: Hermes Flórez Pérez.