Una de las consecuencias de la recepción del sacramento del Bautismo, es la incorporación a Dios, al Padre a ser sus hijos, a Cristo como miembros de su Cuerpo, y al Espíritu Santo como templos de su Presencia, a partir de este momento él habita en cada uno de nosotros, haciendo de nuestra existencia su morada, lo que habría que reflexionar de tal manera que se comprenda la dimensión que tiene este hecho, somos templos del Espíritu de Dios.

Entonces el Espíritu Santo empieza a residir en nosotros, en nuestro interior, derramando todo el torrente de gracia y bendición, que él mismo es, dejando estallar toda la fuerza y la potencia divina que somos capaces de percibir, normalmente como el sacramento lo recibimos cuando somos niños, es vital que los padres y padrinos, se preocupen por alimentar esa llama que se enciende en nuestro bautismo, para así ir creciendo dejando a Dios ser Dios en cada uno de nosotros.

A medida que vamos creciendo, y en muchas ocasiones sin un apoyo a nivel espiritual, aparecen en nuestras vidas, situaciones voluntarias o involuntarias, que desembocan en obstáculos y barreras, dándose así manifestaciones del pecado, desidia, pereza o tibieza, que no permiten que la gracia del Espíritu puedan desplegarse en toda su plenitud sobre nosotros, por eso hay que procurar que cuando los niños empiecen a crecer, sean conducidos por nosotros en ámbitos donde puedan mantenerse en sintonía con ese Espíritu que les concede vivir en gracia.

Lamentablemente en la actualidad son muchas las realidades que agobian al ser humano, llevándolo a distanciarse de este Espíritu que Dios nos regala en el sacramento del Bautismo, que nos asegura si se permanece unido a él, vivir en una armonía con el Señor, y disfrutar de la gracia y la bendición de su Presencia en cada una de nuestras vidas.

A pesar de esas circunstancias difíciles que se presentan, cuando recibimos esa nueva efusión del Espíritu Santo, él viene a romper con toda dureza de corazón, remueve las trabas, derriba los obstáculos, destroza las cadenas y nos dispone para que él actúe con toda su libertad en nuestras vidas, quitando de nosotros todos esos lastres que arrastrábamos antes de nuevamente volver a dejarlo morar en nuestro interior.

Esta liberación que hace el Espíritu Santo en nuestro interior, prepara y conduce por el camino que lleva a la salvación, porque como dice San Pablo, “para ser libres nos ha liberado Cristo” (Ga 5,1), es tan profunda esta liberación que muchas personas al vivir esta experiencia, transforman su vida de tal modo, que nos arranca de vicios y esclavitudes como el alcohol y la droga, la adicción al sexo, el apego al dinero, y a muchas otras cosas que nos tenían hundidos en una muerte espiritual profunda.

Bautizarse en el Espíritu Santo es dejarse arrancar del corazón todo lo que nos había convertido en seres humanos tristes y abatidos, ahora por la fuerza de ese Espíritu, podemos vivir en la libertad de los hijos de Dios.