Una vez recibida la Promesa, que el Padre había hecho por medio de Jesús a sus discípulos, y en ellos a la humanidad entera, el Espíritu Santo se posó en forma de lenguas de fuego, todos quedaron llenos de él, cada uno comenzó a hablar en las lenguas que este les inspiraba, se llenaron de valentía y convicción para salir a anunciar la Buena Noticia de Jesús a todos los que se encontraban en ese momento en Jerusalén.

Este “Bautismo en el Espíritu Santo” consistió en recibir la persona misma del Espíritu divino, como un regalo del Padre a través de Cristo glorificado, fue el don del Espíritu Santo. Esto fue una experiencia maravillosa que no es fácil explicar ni entender, pero de lo que se puede estar seguro es que es Dios mismo enviando su Espíritu para cumplir con lo que había prometido Jesús, fue recibir a la misma persona del Espíritu en cada una de sus existencias, llenándolos de tal manera que les cambia la vida de forma integral.

Los discípulos, ahora Apóstoles por la presencia del Espíritu Santo en ellos, empiezan a entender lo que Jesús les había enseñado, proclamado y anunciado, encontraron sentido a muchas actitudes y acciones de Cristo, en todo el tiempo que estuvo con ellos, ya no les preocupaba que decir, ya no tenían miedo de lo que pudieran hacer los judíos y más tarde los romanos.

Pero no solo recibieron la persona del Espíritu Santo, sino que además recibieron de él, que estaba vivo y presente en sus corazones, innumerables gracias y dones, Pentecostés no fue solamente una gran gracia, sino un conjunto de gracias, dones y carismas del Espíritu Santo. A continuación se enunciarán esas gracias, más adelante se explicarán detalladamente, pero antes hay que intentar comprender lo que significó esto para los Apóstoles, fue un derramamiento inmenso de los dones y carismas del Espíritu, para darle cumplimiento a la promesa de Cristo Resucitado.

Las gracias recibidas son: 1. El don del mismo Espíritu Santo, la Promesa del Padre; 2. Un encuentro vivo y palpitante con Cristo glorificado; 3. Una profunda transformación interior en los Apóstoles; 4. Una efusión de numerosos carismas para construir la Iglesia; Una nueva lectura y comprensión profunda de las Escrituras; 6. El descubrimiento de los sacramentos de la iniciación cristiana; 7. El nacimiento de la Iglesia en torno a María, la Madre de Jesús; 8. El anhelo evangelizador para dar a conocer a Jesús a todo el mundo.

Todas estas gracias deben permitir también hoy a todos los creyentes, pertenecientes a la Renovación Carismática, actualizar su experiencia de vida y de fe, para convertirse de discípulos temerosos en audaces Apóstoles que cumplan con la misión que el mismo Jesucristo entregó por medio de ellos, solo así se tendrá una auténtica Renovación Pentecostal, con todo lo que estas dos palabras significan.

Las gracias de Pentecostés fueron y son para la Iglesia, es decir, que todo aquel que lo desee puede recibir de él, todo lo que necesita para vivir esta experiencia, que es libre y auténtica, que de esa misma manera se debe compartir, nadie tiene la última palabra, solo el Espíritu Santo puede hacerlo, así que comprendiendo lo que cada una de estas gracias nos revelan, se podrá tener una experiencia personal fuerte de Pentecostés, dejando obrar en libertad total al Espíritu Santo de Dios.