Una de las más difundidas maneras de designar a Jesús es la expresión “Cristo es el Alfa y la Omega”.

En griego, idioma que hablaban los cristianos de siglo primero y en el que se escribieron los libros del Nuevo Testamento, la primera letra del alfabeto es el Alfa, y la última es la Omega. La lengua griega usa caracteres diferentes a los que nosotros empleamos para escribir. El alfa de los griegos se parece mucho a nuestra letra “A”. La Omega es bastantes distinta de nuestra “O”, escrita como letra mayúscula o como minúscula.

Decir que Jesús es el Alfa y la Omega es afirmar que Él es el Verbo que existe desde el principio de las edades, que es el jefe y el juez universal; es confesar que Cristo es el Primogénito y también la cabeza del cuerpo que es la Iglesia (Cfr. Biblia de Jerusalén en Is. 41,4; 44,6).

El apocalipsis cita la expresión en tres oportunidades.

“Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios, aquel que es, que era y que va a venir, el Todopoderoso” (Ap. 1,8;1,5).

“Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el Fin” (Ap. 22,13). “Al atribuir a Jesús ser “el Alfa y la Omega”, estamos diciendo que Él es Dios, pues esa expresión es similar a otras formas de expresar que Yahvé es nuestro creador y nuestro fin. (Is. 41,4; 44,6; Ap. 1,17; 2,8).

Jesús debe ser el Alfa y la Omega de nuestro trabajo, el principio y el fin de nuestra existencia, el primero y el último en nuestra inquietud y en nuestro aprecio. Es decir que toda nuestra vida, todas nuestras acciones, nuestros pensamientos y los afectos de nuestro corazón deben originarse en Él y deben tender hacia Él.