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Alguna vez, mientras dirigía una reflexión a un grupo de servidores de la Renovación Carismática Católica (R.C.C.), se me ocurrió hacer una pregunta a mis interlocutores. Les pedí que por un instante pensaran y nos compartieran qué era aquello a lo que más temían. Fueron innumerables las respuestas que recibí de estas personas: Temor al fracaso, miedo a perder a su familia, miedo a la ruina económica, miedo a quedarse sin empleo, etc.; pero hubo una respuesta que particularmente llamó mi atención: Algunas personas manifestaron que su más profundo miedo es el de experimentar la soledad; les daba pavor sentirse solos y olvidados por las demás personas.

Resulta preocupante que cada día nos encontramos con muchos más hombres y mujeres que comparten este temor. Aún más, nos encontramos con hermanos que a pesar de encontrarse rodeados de mucha gente, también experimentan una profunda soledad en su corazón; y ni que decir de aquellos que en un momento de dificultad experimentan el abandono y el olvido incluso de aquellos que se hacían llamar sus amigos.

Es aquí cuando se nos presenta, entonces, un interrogante ¿Cuál debe ser la actitud del creyente frente a este temor? Estoy seguro que cada quien tendrá su respuesta, pero considero que fundamentalmente un creyente que se encuentre pasando por esta situación, debe dirigir más que nunca su mirada hacia el mismo Jesús, porque si hay alguien que nunca nos abandona ni nos deja solos, es precisamente Él.

El Señor en múltiples ocasiones en las sagradas escrituras nos confirma esta verdad. Así por ejemplo, el Evangelio de San Mateo termina con estas palabras que nos deben llenar de fuerza y ánimo: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 20). En esta promesa del Señor hecha a toda la humanidad representada en la persona de los apóstoles, podemos descubrir ese deseo inmenso que tiene Él de estar con cada uno de nosotros, de llenarnos de su amor y de su misericordia, el anhelo que tiene de regalarnos la fuerza y la gracia para enfrentar cualquier dificultad y cualquier problema.

Querido hermano, tú que lees estas líneas, debes tener la certeza de que el Dios del Cielo nunca te abandona, sino que por el contrario, en todo momento te carga en sus brazos para que tu pie no tropiece y consigas la victoria en medio de las batallas de cada día. Lo único que te pide el Señor es que le abras la puerta del corazón para que Él pueda entrar y pueda poner en orden todo lo que allí se encuentra: Tus emociones, sentimientos, temores, rencores, deseos, expectativas y demás.

Cuando la tristeza y la soledad toquen tu vida, debes estar plenamente seguro que aún en esos momentos puedes contar con el Señor, quien es ese amigo fiel que nunca te fallará. ¡Ánimo, no estás solo! ¡El Señor está contigo!