Una de las expresiones de la Palabra que tocan lo más profundo de mi corazón es aquella que está plasmada en el Salmo 27, 1: “¿a quién temeré?”, esta pregunta se la hace un ser humano que quiere dejar claro que no puede temer a nadie ni a nada, porque Dios está con él. En este tiempo especial que estamos viviendo de Adviento es necesario que nos detengamos a meditar, es decir, a reflexionar de manera tranquila y sin afanes que no existe razón para temer, no hay motivo para contemplar la enfermedad, la dificultad, el problema o la adversidad como aquello que puede acabar con nosotros. No olvidemos que este tiempo precioso de espera, nos recuerda, pero no como un ejercicio de memoria, sino como expectativa confiada en la presencia de aquel que es LUZ y SALVACIÓN, me refiero a Jesús Señor de la historia.

El salmista muestra en su oración una razón por la cual el miedo queda derrotado: El Señor es la defensa de mi vida; este es un hombre que sabe, pero sobre todo reconoce el infinito poder de Dios que lo defiende y por tanto lo cuida. Pero ¿cómo llega a sentirse así?, la respuesta aparece en el Salmo, habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo. La única forma de comprender y posteriormente de vivir con la confianza y la esperanza puesta en Dios que salva, es a través del intimar con él, me refiero a la oración, a ese diálogo donde el corazón del hombre se expande delante de Dios, por eso el salmista pide habitar en la casa de Dios siempre y estando allí descubrir muchas bondades de parte de Dios.

 

Finalmente el texto sagrado nos propone asumir un compromiso, espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor. No olvides sólo confía en Dios y verás que él no te defrauda.

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