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Nacer del Espíritu

La promesa de Jesús de enviar su Espíritu se cumplió. A la llegada del Espíritu Santo se le suele dar el nombre de Pentecostés. Pero [...]

Nacer del Espíritu

En el evangelio de san Juan aparece Jesús como el que bautiza con Espíritu Santo (Jn. 1, 32-34). En el diálogo de Jesús con Nicodemo, el Señor dijo que era necesario renacer; y como el fariseo le preguntase si se precisaba retornar a las entrañas maternas, Jesús le explicó que se requería nacer del agua y del Espíritu para poder entrar en el reino de Dios, y comparó al Espíritu con el viento (Jn. 3, 1-8). A lo largo de su ministerio, Jesús volvió a aludir al Espíritu Santo, al que comparó con un agua viva que brotaría de su corazón y saciaría la sed de los creyentes (Jn. 7, 37-39).

En el discurso de la última cena, Jesús se refiere con frecuencia al Espíritu Santo, de quien dice que es un Paráclito o Consolador, lo llama Espíritu de la Verdad, dice que ese Espíritu recordará y hará comprender cuanto Jesús había dicho, llevando a la verdad completa e iluminando a los discípulos y revelándoles las cosas venideras (Jn. 14, 16-17.26; 15, 26-27; 16, 7-15).

San Lucas insiste en las promesas que Jesús hizo y le da al Paráclito, el nombre de “el Espíritu de la Promesa” (Luc. 24, 49; Hech., 1, 5.8; 2, 38-39).

La promesa de Jesús de enviar su Espíritu se cumplió. A la llegada del Espíritu Santo se le suele dar el nombre de Pentecostés. Pero como en el Nuevo Testamento se narran varias venidas del Espíritu, decimos que hubo varios “pentecosteses”, aunque el nombre no resulte, como veremos, plenamente adecuado.

Los diversos “Pentecostés”

El Pentecostés del Calvario

Para contar la muerte de Jesús, los evangelios sinópticos dicen que Jesús dio un fuerte grito y expiró (Mt. 27, 50; Mc. 15, 37; Luc. 23, 46), pero el cuarto evangelio usa la expresión: “Entregó el espíritu”. En el evangelio de san Juan se encuentran frecuentemente frases que, además del sentido normal, evidente, inmediato, tienen un sentido profundo, que revela un misterio. Esto es lo que decimos de este pasaje. Además de aludir de modo inmediato a la muerte, encierra un significado místico: es la entrega del Espíritu Santo a la Iglesia, representada por María y por el discípulo amado. En la cruz, según san Juan, Jesús triunfa. Es la hora de su exaltación y el coronamiento de su Pascua. Desde entonces hubo Espíritu. Es la conquista del Resucitado para su pueblo (Jn. 7, 39; 19, 30).

El Pentecostés del Cenáculo

En la tarde del domingo de Pascua, estaban reunidos los discípulos en la casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos, cuando Jesús se hizo presente en medio de ellos, los saludó con la fórmula de la paz, les mostró las manos y el costado en señal de vida, y les cambió el temor por la alegría. Entonces, como si se tratase de una nueva creación, Jesús sopló sobre los discípulos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo” y les dio poder para perdonar o retener los pecados de los hombres (Gén. 2, 7; Jn. 20, 22). Los discípulos empezaron así a respirar el aliento de Jesús, es decir, la riqueza de su Espíritu, su interioridad más íntima. Ya en adelante, podían tener los sentimientos de Jesús (Fil. 2, 5). Podrían amar como Jesús amó, perdonar como Él perdonó, servir y acoger a los demás como lo hizo el Maestro; ser, como Él, mansos y humildes de corazón (Mt. 18, 21-35; Col. 3, 13; Jn. 13, 15.34; 15, 9-12; Mt. 11, 29).

El Pentecostés en Betania

Cerca de Betania queda el monte de los Olivos, en donde san Lucas sitúa la ascensión de Jesús al cielo (Luc. 24, 50; Hech. 1,12). El libro de los Hechos narra que Jesús estaba con sus discípulos, cuando ellos lo vieron elevarse hasta que una nube lo ocultó de su vista (Hech. 1, 9). El episodio evoca el arrebatamiento de Elías al cielo (2 Rey. 2, 9-13). Eliseo le había pedido a su maestro que le dejase en herencia las dos terceras partes de su espíritu, y Elías le había respondido: “Si me ves, cuando sea arrebatado, te será concedido; si no me ves, no se te concederá”. En la ascensión de Jesús, los discípulos ven a su Maestro que sube al cielo, hasta que una nube lo oculta a sus miradas. La nube en la Biblia es signo del Espíritu Santo. Así, aunque Jesús está ausente, en su lugar aparece la nube, símbolo del Paráclito que Jesús envía desde el cielo. Los discípulos, llenos del Espíritu, retornan gozosos a la ciudad santa (Luc. 24, 52; Hech. 2, 9-10).

El Pentecostés en Jerusalén

Eran las nueva de la mañana de un día primero de la semana, cuando sopló un viento fuerte, y un estruendo vino del cielo. La casa y los discípulos quedaron llenos del Espíritu Santo y de fuego, y empezaron a alabar a Dios en lenguas extrañas. Pedro explicará el fenómeno, aludiendo a unas palabras del profeta Joel, que anunciaban un derramamiento de Espíritu Santo sobre todo hombre y unas manifestaciones de carismas: profecías, sueños, visiones. Pedro proclamó entonces la resurrección de Jesús, invitó a sus oyentes a la conversión y a ser bautizados para que recibieran el don del Espíritu Santo, pues esa promesa es para todos… “y eran unos 3.000” (Hech. 2, 14-41). Al día en que esto ocurrió, cincuenta días después de la Pascua, lo llamaban Pentecostés, y era una fiesta de los hebreos, pero dicho nombre se utiliza no sólo para indicar la manifestación del Espíritu Santo en ese día, sino cualquier otra presencia del Paráclito, de modo que Pentecostés es la permanente venida del Espíritu de Dios a los hombres, a la Iglesia. Otras manifestaciones del Espíritu son relatadas en el libro de los Hechos Apostólicos, y podrían ser consideradas como “pentecosteses” menores.

El Pentecostés de la libertad

En Jerusalén, cuando Pedro y Juan fueron liberados de la cárcel, a donde los llevaron por haber sanado a un paralítico, se reunió la comunidad y después de escuchar a los dos apóstoles, estuvieron orando. Pedro, aludiendo a las amenazas recibidas, pidió que se manifestara el poder de Dios por medio de curaciones, señales y prodigios en el nombre de Jesús. Fue cuando tembló el lugar en donde estaban reunidos, y todos se llenaron del Espíritu Santo y se pusieron a anunciar la Palabra de Dios con toda valentía (Hech. 4, 23-31).

El Pentecostés en Samaría

El capítulo ocho de los Hechos Apostólicos narra la evangelización que realizó Felipe en Samaría, donde anunció a Cristo y bautizó a mucha gente. Fue cuando Pedro y Juan llegaron a esa región y oraron para que recibieran el Espíritu Santo, lo que realizaron imponiendo las manos (Hech. 8, 14-17).

El Pentecostés en Damasco

Después de haber quedado enceguecido en el camino de Damasco, Saulo fue llevado a la ciudad, en donde pasó tres días sin comer ni beber. Entonces recibió la visita de Ananías, que le dijo: “‘Hermano Saulo, Jesús el Señor, que se te apareció cuando venías por el camino, me ha enviado para que recobres la vista y quedes lleno del Espíritu Santo’. Al instante se le cayeron de los ojos una especie de escamas y recuperó la vista, y a continuación fue bautizado” (Hech. 9, 17-18).

Pentecostés en Cesarea

Pedro fue invitado a ir a Cesarea, a casa de un oficial del ejército romano, llamado Cornelio, de quien se decía ser “hombre justo, que honra a Dios y que goza de la estima de todo el pueblo judío”. Cuando Pedro llegó a la casa de ese pagano, anunció el mensaje de la salvación, y todavía hablaba “cuando el Espíritu Santo descendió sobre todos los que escuchaban el mensaje”. Eran el mismo don y las mismas manifestaciones que los apóstoles habían recibido (Hech. 10, 44-47).

Pentecostés en Éfeso

Después de recorrer las regiones montañosas de la actual Turquía, Pablo llegó a Éfeso, en donde encontró un grupo de discípulos a quienes preguntó si habían recibido el Espíritu Santo cuando habían aceptado la fe, y como le respondiesen que ni sabían que existiera ese Espíritu Santo, pues sólo habían sido bautizados con el bautismo de Juan, Pablo los bautizó en nombre de Jesús y les impuso las manos. Entonces vino sobre ellos el Espíritu Santo y comenzaron a hablar en lenguas y a profetizar. Eran doce hombres en total (Hech. 19, 1-7).

… Esas variadas manifestaciones del Espíritu Santo, en una persona o en doce, en 120 ó en 3.000, hombres y mujeres, adultos y niños, en diversos lugares, desde Jerusalén y Samaría hasta el Mediterráneo y el Tirreno, ante gentes judías, samaritanas, romanas o griegas, hacen que el Papa Juan Pablo II haya podido afirmar: “La vida de la Iglesia es Pentecostés, todos los días, cada día y cada hora, en cada lugar de la tierra, en cada hombre y en cada pueblo”.

Hoy se habla de un nuevo Pentecostés, que viene sobre la Iglesia; de un Pentecostés personal, que cada cristiano debe vivir con fervor y entusiasmo; de un clima de Pentecostés, que debe invadir todo el mundo; de una cultura de Pentecostés, que debe impregnar todas las manifestaciones de la vida de los creyentes. Hoy, sobre la Iglesia y sobre el mundo, sobre los individuos y las comunidades, debe manifestarse la acción poderosa del Espíritu de Dios, como la vivieron los apóstoles en el conmovedor Pentecostés de Jerusalén.

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LA RENOVACIÓN CARISMÁTICA CATÓLICA DESDE LOS ESTATUTOS DEL ICCRS

Hoy se cumplen 49 años de experiencia en la corriente de gracia de la Renovación Carismática Católica, por esta razón este artículo [...]

LA RENOVACIÓN CARISMÁTICA CATÓLICA DESDE LOS ESTATUTOS DEL ICCRS

Para comprender mejor lo que es la Renovación Carismática Católica, nos serviremos de algunos fragmentos de lo que dicen los Estatutos de ICCRS (SERVICIO INTERNACIONAL DE LA RENOVACIÓN CARISMÁTICA CATÓLICA). “La Renovación es una reunión muy diversa de individuos, grupos y actividades, con frecuencia del todo independientes unos de otros, en diferentes grados y modos de desarrollo y con diversos énfasis; y sin embargo, participan de la misma experiencia fundamental y persiguen los mismos objetivos generales”.
Cuando dice que es una reunión muy diversa de individuos, grupos y actividades, hace relación a que todo creyente puede participar de esta experiencia, no hay ningún requisito, solo querer tener un encuentro con Jesús, buscar estar íntimamente unido a Él y a la Iglesia, la Renovación acepta a cualquier tipo de persona de cualquier condición social, económica, cultural y religiosa, lo importante es que descubra que Dios le quiere tener como su hijo, y le permita actuar a Jesús en la gracia del Espíritu Santo.

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Así mismo distintos grupos o apostolados se han dejado tocar por esta experiencia, la Renovación no busca uniformar a los grupos y comunidades que deciden vivir en esta línea, se respeta la organización de cada uno de ellos, lo importante es que estén unidos en lo fundamental.
La diversidad que viene de la Renovación Carismática permite, que puedan existir toda clase de experiencias grupales, algunos movimientos ya existentes, que se dejan impregnar de la gracia del Espíritu, renovándose de tal forma que se enriquecen aún más en sus espiritualidades, de la misma manera surgen nuevas experiencias comunitarias que dejan conocer que la versatilidad y la gracia del Espíritu no se agotan jamás, por eso dentro de esta Renovación Carismática caben todos desde los más conservadores hasta los más liberales en la experiencia de la fe católica.
Todos, individuos, grupos y actividades, se nutren de la experiencia fundamental que es Pentecostés, la acción del Espíritu Santo en la Iglesia, de la promesa que Dios Padre hizo a la humanidad en la persona de Jesús, y que una vez cumplida constituye a la Iglesia, como comunidad que anuncia el Evangelio, pero también una comunidad que sirve a los hermanos, dejar que el Espíritu de Jesús llene a cada uno, y desde cada uno llene a las pequeñas comunidades que nacen precisamente de la experiencia de unos discípulos que aunque llenos de miedo, dejan que su Maestro cumpla en ellos la promesa de enviar su Espíritu y así conducirlos por el camino de la verdad y de la vida.

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Todos los que integramos la Renovación estamos obligados a conocer cada uno de los objetivos fundamentales que busca cumplir esta como espiritualidad y como movimiento, ya se abordaron de manera particular cada uno de ellos, pero ante todo la claridad que hay conocer a Jesús, y para ello hay que dejar que sea ese mismo Espíritu que lo resucitó de entre los muertos, y que primeramente lo engendró en las entrañas puras de la Virgen María nos lo revele.
Es importante conocer que entraña el ser de la Renovación Carismática para que al mismo tiempo podamos dar razón de nuestra esperanza y de nuestra fe.

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De Pascua a Pentecostés

En los primeros siglos de la Iglesia se implantó la costumbre de celebrar el sacramento del bautismo en la noche del Sábado Santo, [...]

De Pascua a Pentecostés

En los primeros siglos de la Iglesia se implantó la costumbre de celebrar el sacramento del bautismo en la noche del Sábado Santo, durante la vigilia pascual.

Ser bautizado es participar en la muerte y resurrección de Jesucristo. “Si con Él morimos, resucitamos con Él”, nos enseñó el apóstol Pablo. A fin de lograrlo, los discípulos de Jesús estamos invitados a morir a nuestros vicios y pasiones, para resucitar a la vida que da el Espíritu de Dios.

La celebración anual de los misterios pascuales es una ocasión propicia para recordar, renovar y reasumir el compromiso bautismal, que vamos asumiendo en nuestra vida, con todas sus consecuencias. Esa toma de conciencia, aunque tiene su clímax en los días santos, se debe continuar de manera persistente y cotidiana a lo largo de la vida.

La Renovación Católica Carismática implica precisamente un darse cuenta de la realidad bautismal, brotada de la aceptación que cada cristiano debe hacer de sus compromisos con Jesús -que muere y resucita por nosotros- y, además, de una invocación humilde y confiada al Espíritu Santo par que sea Él quien destruya en nosotros el pecado y nos dé una vida nueva.

A la experiencia inicial en la Renovación la llamamos “Bautismo en el Espíritu” y es una gracia que actualiza, en quienes la reciben, las bendiciones obtenidas cuando se vivió la experiencia de la Pascua de Jesús por medio de los sacramentos de la iniciación cristiana.

Pero no se trata sólo de renovar la gracia bautismal. Se requiere luego caminar en el Espíritu, es decir, enfrentar los retos de la existencia diaria bajo la guía y con la dirección del Espíritu Santo.

Esta nueva vida, adelantada con la fuerza del Espíritu, es un regalo, un carisma que Dios hace a los seguidores de Jesús, y esa es la modalidad de vida que la Iglesia Católica propone a sus hijos y, en consecuencia, el estilo que la Renovación Católica Carismática quiere urgir a quienes se comprometen en los grupos y comunidades que en ella van floreciendo.

La celebración pascual de la muerte y resurrección de Jesús y el tiempo de regocijo espiritual que prolonga la Pascua hasta la mañana de Pentecostés nos pueden brindar espacios apropiados para reflexionar en nuestros compromisos bautismales y carismáticos y para aquilatar nuestra fidelidad a ellos.

Vea También: He dado todo lo tengo

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Siempre en Pentecostés

Hace setenta días o un poco más atrás, en la Iglesia se “vivía” en una expectativa muy marcada esperando la poderosísima y liberadora [...]

Siempre en Pentecostés

Hace setenta días o un poco más atrás, en la Iglesia se “vivía” en una expectativa muy marcada esperando la poderosísima y liberadora presencia del Espíritu Santo (Jn 14,26) Sobre esta actitud, hoy vienen algunas preguntas, ¿vivimos en espera gozosa todavía hoy?. ¿te declaras sediento de la fuerza transformadora necesaria hoy?, ¿estoy totalmente lleno del Espíritu Santo?, ¿soy consciente que cuando llamo al Espíritu Santo en una oración sencilla él se hace presente?.

Quiero en este momento compartir contigo mi experiencia personal sobre la necesidad de vivir en anhelo, expectativa y deseo constantemente por el Espíritu Santo que renueva, libera y empodera. Que poder hay cuando le decimos: Ven Espíritu Santo, llena mi vida toda hoy. Me declaro que no te conozco, he escuchado hablar de ti, pero aún no sé quién eres.

Que hermoso es contemplar como tu vida y la mía se llenan de gozo, alegría y sobre todo de paz. Paz que sólo da el Señor por su Espíritu Santo: “Reciban la paz(Jn 20, 19). Paz porque en nuestras vidas en ocasiones se apodera la angustia, confusión; todos esos sentimientos que no nos dejan movernos en libertad, en aquella tranquilidad que no es posible aplazar un momento más. No es casual que dos veces Jesús en el evangelio de Juan les diga a los discípulos reciban la paz (Jn 20, 19.21). Entonces ¿Por qué no pedir siempre la presencia de aquel que nos da la paz, es decir, del Espíritu Santo?, por esto una vez más insisto sobre la necesidad de levantar nuestros corazones y de ser posible nuestras manos en signo que necesitamos de alguien llamado Espíritu Santo y le digamos: te necesito Espíritu Santo. Cuanto bien hace que el Espíritu Santo venga en ayuda de nuestras dificultades, problemas y adversidades que nos asaltan todos los días: “somos débiles, pero el Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra debilidad” (Rm 8,26) No podemos caminar solos entre lo complejo y difícil de la existencia.

También hay otra necesidad urgente: conocer a Jesucristo, intimar con él: “nadie puede decir Jesús es el Señor, sino es por la acción del Espíritu Santo” (1 Cor 12,3) en esta medida, no podemos tampoco evadir el conocer, es decir, el descubrir el corazón ante Dios Padre: “El Espíritu Santo es quien sondea las profundidades de Dios” (1 Cor 3,10), para así disfrutar de los regalos hermosísimos que este padre nos quiere dar.

Te propongo nuevamente digamos juntos: Quiero vivir siempre en Pentecostés, quiero decir VEN, VEN Espíritu Santo nuevamente con tu poder quema mi vida, mi mente, recuerdos, pensamientos, voluntad, todo mi corazón. Sin ti no puedo caminar. Espíritu Santo impacta mi vida. Forma a Jesús en mi corazón, AMEN, AMEN AMEN.

Las siete lámparas del Espíritu Santo
Las Siete Lámparas del Espíritu

El Espíritu Santo nos da la vida y con ella muchas posibilidades: nuestro ser, nuestro espíritu, todas nuestras posibles cualidades, [...]

Las Siete Lámparas del Espíritu

El Espíritu Santo nos da la vida y con ella muchas posibilidades: nuestro ser, nuestro espíritu, todas nuestras posibles cualidades, los talentos naturales. Ese es su regalo inicial para todos los hombres. Cuando la persona humana desarrolla algunas de sus aptitudes y realiza acciones de acuerdo a ellas, va adquiriendo firmeza, facilidad y prontitud en su ejercicio. Es lo que suele llamarse virtud, si esos actos llevan a obrar el bien y a que el ser humano dé lo mejor de sí mismo; y vicio, si esos actos llevan al mal. La persona adulta, que alcanza madurez en su mente y en su voluntad, en sus deseos y en su comportamiento, es un ser virtuoso y, como tal, debe tender a buscar, a elegir y a actuar correctamente. Un carácter bien forjado y un buen dominio propio le facilitan que responda al llamado que Dios le hace de practicar el bien con libertad, con facilidad y con alegría. Los filósofos griegos y los escritores antiguos pensaban que los guías y conductores de los pueblos, que brillaban por su prudencia y su amor a la justicia, eran hombres virtuosos; lo mismo decían de los héroes, en quienes admiraban la fuerza y el valor, la magnanimidad y la decisión.

Las virtudes naturales

Meditando sobre esas cualidades, establecieron que había cuatro virtudes que eran como el fundamento de la vida moral del hombre: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. De ellas depende un número incontable de virtudes, como la humildad, la obediencia, la pobreza, la paciencia, la mansedumbre, la generosidad…

Digamos una palabra sobre esos “cuatro pilares del Templo de la Sabiduría”, sobre “esos cuatro ríos del Paraíso”:

Prudencia: es la ciencia del buen obrar. Un hombre prudente es un jefe hábil, que guía de acuerdo con la ley y opta por las mejores soluciones. Es el que discierne el bien del mal; el que al actuar supera los errores, aplica los principios, obra sin temor ni timidez, guiado por la verdad. El que programa su vida de acuerdo con la meta definitiva que es la salvación. El que es recto en su intención y mide sus decisiones con el metro del bien moral.

Justicia: el hombre justo sirve a Dios con respeto, es piadoso, obediente y agradecido. Da al prójimo lo que le es debido, no defraudándolo en la verdad ni en el uso de los bienes materiales o espirituales. No hace acepción de personas, como si tuviera vendados los ojos, para juzgar en derecho y no según las apariencias. El hombre justo rechaza el mal y persevera en el buen obrar. Recordando que la ambición y la codicia no conviven mucho tiempo con la justicia, opta por una vida sencilla y avanza sin inclinarse a la derecha o a la izquierda.

Fortaleza: esta virtud es el motor de los actos de un hombre bueno, que realiza su misión con paciencia, decisión y perseverancia. Afronta las dificultades y vence los obstáculos. Es la virtud de los mártires que se atreven a ser fieles hasta el fin, a correr riesgos, no sólo en el orden material, como puede hacerlo un luchador esforzado o un atleta comprometido, sino en el orden espiritual, como quien se expone por servir a su prójimo.

Templanza: es la virtud del equilibrio en los actos y en el uso de las cosas materiales. Es la virtud del autodominio, de la moderación en el placer, de la modestia y la mansedumbre, de la sobriedad, la castidad y la continencia. Es la virtud que procura el justo medio, no como mediocridad, sino como cordura, que evita caer en los extremos, por exceso o por defecto. Es la virtud que lleva a que nuestro “yo superior” domine nuestro “yo inferior”.

Las virtudes cristianas

Esas cuatro virtudes cardinales o morales son asumidas por los discípulos de Jesús, como regalos del Espíritu Santo. Son el cortejo de la gracia recibida en el bautismo. Encarnadas en la existencia concreta de cada cristiano, no se reducen a ser poéticas personificaciones de conceptos abstractos, ni sólo enumeración de valores éticos que nos atraen y nos mueven a actuar correctamente.

Esas virtudes, que el hombre puede apreciar y ejercitar, se complementan con otras tres virtudes, llamadas teologales: la fe, la esperanza y la caridad. Así se completan las “siete lámparas de la santificación”, como las llamaba el beato Juan XXIII. Las virtudes teologales tienen a Dios como causa y como meta. Son dones infundidos por el Espíritu de Dios.

La fe: por esta virtud, creemos en Dios y le creemos a Él, nos rendimos a Él, respondemos a su llamado y le suplicamos nos transforme en el modelo divino que es Él mismo. Por la fe, nos decidimos a obrar en coherencia con lo que profesamos. La fe es la actitud nuestra que permite dar buen fruto cuando recibimos la semilla de la Palabra, es la roca que no falla cuando nos apoyamos en Dios, es el tesoro que se nos confía para que lo guardemos celosamente, es la brújula que orienta nuestra existencia, es el mensaje y la convicción que debemos testimoniar.

La esperanza: es la virtud que nos mantiene anhelosos del Reino de Dios y la confianza inquebrantable en el cumplimiento de las promesas divinas. La esperanza es el estímulo para perseverar en el bien, la fuerza que vence todo desaliento, el ancla que nos impide zozobrar. Es la seguridad absoluta en que Dios no falla, es la tensión entre el ya y el todavía no, es el estímulo para construir en la tierra las bases del mundo nuevo, es la alegría de las bienaventuranzas, es el entonar el aleluya del deseo mientras podemos cantar el aleluya del amor. No es una virtud de débiles o de alienados, sino de luchadores que van tras la corona.

La caridad: es el mandamiento nuevo que legó Jesús a sus discípulos, es la plenitud de la Ley, es la actitud cristiana que da sentido a todo, es el fruto del Espíritu Santo, es el tema del juicio en la tarde de la vida, es el motor de las obras de misericordia espirituales y corporales, es el entusiasmo en la marcha, es el culmen de la vida cristiana, es el viaje diario del corazón hacia Dios y hacia el prójimo. Es la plenitud que expulsa el temor en nuestra relación con el Padre celestial. Es la virtud que no pasará nunca, aunque cesen la fe y la esperanza, es el amor que nos torna plenamente semejantes a Dios.

Las virtudes de Cristo

En los cristianos, todas las virtudes son gracias de Dios y respuesta de los hombres, que pueden acrecentarse de día en día. Muchas de ellas coexisten con defectos y limitaciones, pero tienden a que éstos desaparezcan, de modo que los comportamientos según el querer divino invadan toda la existencia.

El discípulo de Jesús debe avanzar en la práctica de las virtudes, pues si no progresa, retrocede. Las virtudes son como la armadura espiritual que no debe descuidarse so pena de ser derrotado. Son como las flores de un jardín, según la frase de san Buenaventura: “Flores del alma son las virtudes; flor es la humildad; flor, la paciencia; flor, el lirio de la castidad”; y si se arrancan, la vida se convierte en un erial.

Para vivir las virtudes en grado heroico, como lo hizo san Francisco con la pobreza, san Pedro Claver con el servicio a los esclavos, o santa María Goretti, con la castidad, se requiere una especial asistencia del Espíritu Santo; el obrar heroicamente en la práctica de las virtudes es signo de la presencia del Espíritu de Dios en la vida del ser humano.

El ideal y el modelo de las virtudes es Jesús. Él amó hasta el extremo, él se hizo obediente hasta la muerte de cruz, Él se hizo pobre para enriquecernos con su riqueza, Él fue manso y humilde de corazón hasta llevar todas nuestras cargas. Jesús es el ideal al que debemos mirar, al que debemos adorar, agradecer, alabar y amar. A Jesús debemos suplicarle perdone nuestras faltas, destruya nuestros vicios y nos permita llevar una vida según su Espíritu. Jesús es el hombre Dios, en quien queremos transformarnos. Cuando lo alcancemos, por la gracia del Espíritu, será cuando estemos sumergidos en el horno del amor de Dios, en donde se consume la escoria y el metal queda limpio de impurezas.

Mientras llegamos a esa hoguera, debemos tener los ojos fijos en Jesús y suplicarle nos forje a base de calor y de martillo hasta que adquiramos la forma ansiada de parecernos a Él, de ser otros Él.

Vea También: De Pascua a Pentecostés

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